Bariloche: una historia singular
Prólogo Lo relatado a continuación pretende dejar documentado un espacio de 15 años de nuestra vida en Bariloche. Fue un periodo intenso donde sucedieron infinidad de situaciones que merecen revelarse. Dado el tiempo transcurrido, no podré registrar los hechos con una cronología exacta, pero si aquí los expongo es porque por su relevancia merecen integrar la historia de mi vida.
El Comienzo 10 de Junio de 1980 4:00am Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires Mirta, Marcelo, Marisa (10), Debora(8), Evelyn (6) y la Bobe Cata (?) Sentados con los cinturones de seguridad abrochados, un ruido ensordecedor de las turbinas del vuelo nocturno de AA rumbo a San C. de Bariloche. Mi ansiedad al 100x100 y no puedo hablar lo que sentía el resto de la familia. Dos horas de vuelo y aterrizamos sin novedad en el pequeño aeropuerto de Bariloche. Pleno invierno, cielo despejado, un frío al que no estábamos acostumbrados, descendimos por la escalera y caminando fuimos hasta la estación terminal. Allí, nos esperaba Mirta De la Puente con su auto y uno de los socios de la Inmobiliaria Di Tullio que intervino en la gestión.
Han pasado 45 años de aquel momento, hay detalles que ya no recuerdo. Después de recorrer un largo camino en una noche helada y oscura llegamos a la Hostería El Nido. Nos acomodamos en las habitaciones que habían preparado para nosotros y nos fuimos a dormir.
De la familia, yo era el único que conocía el lugar por las dos o tres veces que viaje para cerrar el trato. Ya no recuerdo lo que pasó al otro día ni la reacción de todos al levantarse, imagino a los chicos corriendo por el gran parque de árboles frutales. Era el comienzo de una aventura de la que no conocíamos el guión, lo que sí sabíamos cuánto dejamos atrás.
Buenos amigos, parientes cercanos, lugares conocidos y una casa en la que no habíamos vivido mucho tiempo pero que estaba bien para nosotros. Las nenas que probablemente pensaron estábamos de vacaciones y que al terminar volverían a ver a sus abuelos, tíos, primos, amigos, compañeros de la escuela, maestros, etc. En lo personal, no recuerdo haber hablado con la familia sobre esta aventura, tal vez Mirta si lo hizo. Reiniciamos nuestras vidas en el paraíso, o por lo menos eso nos pareció. Poco a poco nos fuimos dando cuenta que eramos cinco personas que debíamos recomenzar y reinventarnos en todo sentido.
Establecer las prioridades no fue sencillo, debíamos encontrar la manera de generar ingresos poniendo en funcionamiento la Hostería. Fácil decirlo, sin ninguna experiencia y a pocos días del comienzo de las vacaciones de invierno a nivel nacional, sabíamos que aprovecharlo era fundamental. Norberto y su familia viven allí pero no explotaban la
Hostería por ese motivo había muchas habitaciones que necesitaban ser acondicionadas. Fue un año que la nieve cayó más temprano que lo habitual, la estación de esquí Cerro Catedral decidió habilitar los medios de elevación. Esto salió publicado a nivel país, creímos que hasta principios de Julio estaríamos preparados pero no fue así. Desde Mar del Plata, recibimos una llamada telefónica de dos familias que habiéndose enterado de la apertura de la temporada de invierno, querían alojarse en la Hostería. La necesidad y nuestra audacia, aceptamos las reservas y prontamente acondicionamos las habitaciones que necesitan.
El 20 de Junio, día de la bandera significó un feriado largo por eso decidieron llegar para esa fecha. La relación inicial que establecimos con doña Chela Ferrero, dueña de la Historia, era vecina nuestra, nos sirvió para orientarnos como dar los primeros pasos. Me facilitó un cuadernos en donde figuraban los ingresos de turistas, llamó mi atención los apellidos allí registrados, esto demostraba la calidad de los clientes que se hospedaron. Menciono que la hostería fue construida cuando su esposo aún vivía alrededor del año 1930. Esta ubicada a 4 kilómetros del centro de la ciudad, sobre el faldeo del cerro Otto a la vera de la Av. de los Pioneros, que por aquel entonces era de ripio, rodeada de algunas casas en un barrio que se llama Melipal. Los turistas llegaban en tren hasta la terminal del ferrocarril Gral. Roca cuyo punto de partida era la estación Constitución en la Capital Federal. Para llegar a la Hostería, Don Ferrero los recogia de la estación y los traía en un carro arrastrado a caballo, única forma de arribar. Doña Chela era la cocinera y por lo que se, los turistas se regocijaban con sus platos.
Llegaron las familias de Mar del Plata, en sus propios autos, eran dos matrimonios con sus hijos, todos aproximadamente de nuestra edad. Vinieron a esquiar y lo hicieron durante todo el día, al regresar dejaban su ropa húmeda cerca del hogar a leños del living. Este, siempre fue un gran atractivo para los visitantes. Finalizado el fin de semana largo, el Cerro Catedral cerró el centro de esquí, aduciendo que la apertura solo fue para esos días. Los visitantes se sintieron embaucados por la noticia que figuraba en los medios de difusión, ellos vinieron durante toda la semana y pretendían esquiar todos los días. Para matar el tiempo preguntaron si había cerca una cancha de tenis, a 150 mts. La Hostería del Prado tenía una. Por las charlas que tuvimos sabían que yo también jugaba y fue así que nos divertíamos allí. Al otro día comenzó a nevar fuerte, ellos no se resignaban de estar rodeado de tanta nieve y no poder hacer a lo que vinieron. Mediante el teléfono comenzaron a averiguar por centros de esquí cercanos que estuviesen abiertos. El cerro Chapelco en San Martín de los Andes en la vecina provincia del Neuquén, lo estaba. Trasladarse 190 Km hasta allí, transitando un camino con abundante nieve era riesgoso. Demostraron que audacia y determinación no les faltaba, hicieron sus valijas y partieron derrapando en la ruta nevada. Nunca más supe de ellos
Fue nuestra primera frustración, se alojaron y pagaron la mitad de los días previstos. Si Chapelco estaba habilitado, ¿por qué no el Catedral? Situaciones semejantes fueron con el tiempo muchas preguntas sin respuestas razonables. El barrio contaba con una Junta Vecinal y su sede era el cuartel de bomberos voluntarios. Pronto, muchos vecinos se enteraron de nuestra presencia por lo que fuimos invitados a un evento en conmemoración de algo. Asistí con Mirta para conocerlos y que nos conozcan. Fue la primera vez que bebimos vino caliente, bebida típica de la colonia alemana. Alguien no presentó al Sr. Holler, hombre corpulento y muy rubio, era un fiel exponente de la raza Aria. Era propietario de una Hostería en el Barrio y de un conocido Hotel en el centro de Bariloche. Todo lo que me sugería, era muy valioso para nosotros que no teníamos ninguna experiencia en el mercado turístico. Me decía que solo vendía con anticipación las plazas de su Hotel y no las de la Hostería, ante mi pregunta del motivo, me cuenta que cuando empieza la alta temporada y los alojamientos del centro se abarrotan de turistas, familias que llegan con sus autos a altas horas de la noche y después de un largo y cansador viaje, recorren desesperados las alternativas posibles alejados de la ciudad, es ahí donde el Sr. Holler, aprovechándose de esa situación les cobra tarifas abultadas como para hacerles el favor de no tener que dormir dentro del auto con niños y noches muy heladas. Así, entendí cuál era el concepto y la mentalidad generalizada de priorizar el rendimiento antes que el servicio al turista. No pretendían hacer clientes, solo despojarlos y nunca más verlos.
Esperar que empezara la temporada turística para ver si podíamos captar los turistas que no encontraran ubicación en el centro, era un riesgo que no queríamos correr. Fui a hablar con la gente de la inmobiliaria Di Tulio que habían gestionado el alquiler de la Hostería y les ofrecí una comisión si lograban vender las plazas que disponíamos. Fue una buena decisión, se movilizaron e hicieron contactos con agencias de turismo y lograron ocupar toda nuestra disponibilidad para las dos semanas pico de Julio. El mercado estudiantil era el principal, dos grupos de 40 estudiantes con pensión completa ocuparon con creces nuestra disponibilidad, es más, no tenemos suficientes camas por lo que debimos encargar cuchetas a un carpintero del barrio que cumplio en tiempo y forma. Pensión completa significaba servir desayuno, almuerzo y cena para 40 estudiantes. Este fue un gran desafío que debíamos resolver, nosotros no teníamos la experiencia necesaria. Me acorde de Maria Elena, a quien conocía de chica porque vivía cerca del negocio de Camarones. Los Angelucci, enfrente, también eran amigos de ellos. Pasaron los años y un buen día la madre de Maria Elena nos visitó como habitualmente lo hacía, nos comentó que su hija se casó y se fue a vivir a Bariloche y allí, abrieron un restaurante. Conseguí su dirección, los visite y les propuse hacerse cargo de la comida para el almuerzo y la cena, del desayuno nos encargamos nosotros. Así fue y sorteamos el primer gran desafío sin problemas.
La temporada de esquí duraba hasta mediados de Septiembre, según el estado de las pistas del Cerro, ya no serían estudiantes, lo máximo a que podíamos aspirar es a esquiadores adultos. Empezamos a recibir llamados de clientes que alguna vez habían estado alojados, así fue como fueron llegando personajes muy conocidos de buen poder adquisitivo. Venían con sus familias y después del desayuno no volvían hasta que cerraban los medios de elevación. Solo pretendían desayunar y cenar en la Hostería ya que llegaban cansados no querian salir a buscar restaurantes, la otra condición era tener prendido el fuego del hogar para que pudieran secar sus botas y ropa húmeda. Fue una grata experiencia ya que si bien eran terratenientes adinerados nos trataban de igual a igual, admiraban nuestra decisión de cambiar el rumbo de nuestras vidas. Varios de ellos integraron el equipo de polo de Coronel Suárez. El director de la orquesta del Teatro Colón y su esposa quien fuera primera bailarina, fueron ilustres huésped y, establecimos una amistad mientras duró su estadía. En la práctica nos dimos cuenta que después de agosto, comenzaba la baja temporada hasta enero sobre todo en los alojamientos alejados del centro.
La Hostería necesitaba un lavado de cara, contratar a una empresa de pintura estaba muy lejos de nuestro alcance. Nunca había pintado nada pero, cuando llama la necesidad uno se anima a todo. Me fui a la pinturería Gutierrez, la más conocida en esa época, las miradas de los presentes se dirigieron a mi. Era un forastero y se dieron cuenta, la primera sorpresa es que el hijo del dueño me saludó con un “buen dia”. Quien ha nacido y vivido más de 30 años en Buenos Aires, principalmente en la Capital, el saludo a un desconocido es inexistente, al igual que el “gracias” a alguien que te favorece con una compra. Había estacionado en la puerta, Gutierrez vio que cerré el auto con llave, no dudo en decirme que en Bariloche eso no es necesario. Tan buena predisposición me animó a decirle que yo no sabía nada de pinturas y, que necesitaba su asesoramiento, con muy buena voluntad me fue explicando los pasos a seguir y los materiales que necesitaba. Las instrucciones en los envases hicieron el resto. Después de un largo mes, había pintado todas las habitaciones Así nos fuimos dando cuenta cuántas cosas eran distintas en Bariloche a lo que estábamos acostumbrados.
La calefacción era una caldera instalada en el sótano donde también se guardaban las sábanas y toallas. Esta, funcionaba a gasoil contenido en un tanque enterrado afuera en parte del lugar destinado al estacionamiento. Un buen dia que necesitábamos llenar el recipiente de combustible, llamamos al proveedor que vino con un camión tanque, lo que no sabíamos, donde estaba ubicada la cámara séptica ya que allí no debía estacionarse ningún vehículo pesado. Yo estaba en el centro y una llamada de Mirta llorando me dice que el camión se enterró allí y que el chofer muy enojado la increpaba. Por las buenas y también por las malas fuimos entendiendo como funcionaba todo. Nosotros sabemos que para utilizar el gas, solo debíamos girar una perilla y que a fin de mes llegaba la factura con el consumo, en la Hostería el gas estaba en un gabinete exterior que contenía dos cilindros de 45 Kg. Esto no era difícil de manejar hasta que llegó el año 1984 y con él un invierno como no habíamos visto desde que llegamos.
Hacía tanto frío que cuando caía nieve, lo habitual era que una ligera lluvia la limpiara, creando lo que se llamaba agua nieve, desagradable para caminar pero pronto se derretía y no pasaba nada. Ese año, después de caer abundante nieve, el intenso frío la congelaba, volvía a nevar arriba, lo que hacía muy peligroso circular con vehículos sin cubiertas especiales o cadenas. Los accidentes se sucedían en cantidades anormales, al igual que las caídas de los peatones que a veces tienen consecuencias desagradables como lesiones y fracturas. El gas y la mayoria de los suministros venian en camiones del Valle de Rio Negro o destinos mas lejanos. El único acceso era la ruta 237, muy sinuosa con pendientes que provocan accidentes. Cuando las máquinas limpiadoras de nieve no daban abasto, el camino se cerraba al tránsito. Era mediados de Junio, en pocos días debía recibir un contingente de estudiantes y no teníamos gas. El proveedor habitual había agotado sus existencias y con la ruta cerrada, no llegaba nada. Volaba de fiebre por una fuerte gripe, me habían dicho que Gas del Estado en el alto de Bariloche, entregaba un cilindro por persona. Acerque la rural Falcon, cargue con gran esfuerzo los dos cilindros vacíos, le puse las cadenas a las gomas y me largué a recorrer los 4 km de distancia por la avenida de los PIoneros cubierta de nieve y hielo. Cuando llegué al lugar, hacía media hora que había cerrado la atención al público. La dueña de una Hostería cercana se enteró de nuestro problema y me ofreció prestarnos un cilindro de gas. En ese momento recordé lo que la Bobe siempre decía: “Dios aprieta pero no ahorca” Ese fatídico invierno, también provocó que el caño de agua principal que daban al exterior, congelara el agua que contenia al punto de reventarlo. Así aprendimos que en situaciones similares, hay que vaciar las cañerías para que no pasara eso. Los recursos que nos proveía la temporada de invierno no eran suficientes, el verano nunca fue significativo tampoco.
Viajé a Buenos Aires y me contacté con el dueño de Petrilac, teníamos un previo conocimiento uno del otro ya que había un parentesco lejano. Empezó de muy abajo haciendo pulido y plastificado de pisos de madera, consiguió una fórmula alemana para utilizarla como material para plastificar, la empezó a vender a otros colegas, le fue bien, se animó a generar un subproducto para pintar madera que denominó Petrilac. Una inteligente gestión comercial lo catapultó y tuvo un resultado muy exitoso. Fue asi que le cai bien y me ayudo proveyendo de todo lo que necesitaba para empezar a comercializar en el mercado de Bariloche y el Valle de Rio Negro. En la zona, la mayoría de los revestimientos exteriores son de madera machimbrada pintada con barniz común. La radiación solar intensa y los vientos hacen que el barniz se deteriore, obligando a repintar cada año con el considerable gasto que eso significaba. La etiqueta de la laca marina Petrilac, decía que en condiciones especiales duraba 5 años, eso fue el gancho para que los ferreteros compraran el producto. Además, aplicarlo y dar esa garantía me dio la idea de crear una empresa de pintura y promocionarla. Me asocié con el sobrino de Chela, ya que sabía que se daba maña para hacer muchas cosas. El trabajo fue llegando, contratamos pintores porque teníamos obras simultáneas.
Al cabo de un tiempo, me di cuenta de que no todo es un “jardín de rosas”. La pintura duraba 5 años debajo de los aleros donde no llega la lluvia y el Sol, los reclamos no tardaron en llegar. El personal hacía que trabajaba solo cuando nos veían llegar, en una palabra, si seguía por ese camino, la mala fama no tardaría en llegar. En un pueblo chico como era Bariloche, seria catastrófico. En 1982, sucedieron dos eventos significativos: el 2 de abril estalló la guerra de Malvinas, desde que llegamos en el 80 la situación económica de la Argentina no era buena, el tipo de cambio no ayudaba, no venían turistas extranjeros y los argentinos preferían visitar destinos en el exterior porque les resultaba más barato. Ya habíamos decidido vender la casa de Joaquín V. Gonzalez, lo que nos permitió estar más cómodos financieramente.
La guerra había finalizado, se produjo una gran devaluación de la moneda, el dólar se había valorizado significativamente lo que supondría una gran demanda de los servicios turísticos. En poco tiempo empezaron a llegar turistas ávidos de consumir lo que sea. Los locales en alquiler se ocupaban rápidamente. Con el dinero que disponíamos decidimos comprar un terreno en el barrio para que en algún momento pudiéramos edificar una casa para nosotros y dejar de pagar el alquiler de la Hostería ya que el rendimiento de su explotación ayudaba pero no lo suficiente. Alquilamos un pequeño local en la galería Via Firenze y otro en una galería de la calle Mitre. En el primero instalamos en sociedad con Luis Sarraseca, vecinos y amigos de cuando vivíamos en la calle Habana en Buenos Aires, una marroquinería que llamamos “Icaro”y en el otro, una pequeña cafetería que denominada “La Barra”. Las ventas de la marroquinería fueron muy bien al principio pero la gran demanda que también se creó en la calle Florida de la Capital, habitual paseo de turistas extranjeros, hacía que los fabricantes prefirieran surtir a ellos con mercadería, relegando a clientes pequeños y lejanos como nosotros. Pronto ya no podíamos reponer lo que vendíamos. Simultáneamente con la gran devaluación, se generó una inflación galopante que en pocos meses eliminó la ventaja en el tipo de cambio. Se encarece todo en dólares, provocando que a los turistas ya no les reportaran ventajas venir a la Argentina y comprar productos. Los dos negocios, la empresa de pintura y la Hostería hizo que tuviéramos que contratar personal para su atención. Hay un refrán que describe perfectamente lo que sucedió: “el ojo del amo engorda al ganado”. El 20 de noviembre de 1982, se produjo una situación trascendente para la familia, nació Eti y pronto, se convirtió en un juguete viviente para sus hermanas y algo maravilloso para nosotros. Hacía muchos años que no teníamos ningún nacimiento. Viviendo en Buenos Aires yo ya no quería agrandar la familia, mi estado anímico no era bueno y entendí, que criar hijos en ese entorno no era lo ideal. En Bariloche, cambió mi visión y traer más hijos era una bendición, así fue. Todos disfrutamos de ese acontecimiento. Nuestro objetivo prioritario era construir una casa para nosotros, contratamos un arquitecto que la proyectó. Teníamos un plano pero sabiamos que el dinero que disponíamos no sería suficiente para hacerla habitable y, si iniciamos su construcción, era seguro que nos quedáramos con una estructura y sin plata para continuarla. Un crédito del Banco Hipotecario a pagar a largo plazo era la opción que esperábamos. Por fin ese día llegó, comenzamos la obra que avanzaba lentamente ya que el dinero obtenido no era suficiente para un proyecto de 200 m2. Marcelo Altschuler era un miembro de la comunidad judía y nos conocíamos de allí. También era el hijo del dueño del hotel Antartida en la calle Mitre y Palacio. En la planta baja tenía locales que alquilaba. Uno de los dos locales que daban a la calle se había vaciado, me lo ofreció y aceptamos. El cambio fue significativo. Cerramos el de la Via Firenze, el bar y nos concentramos en Icaro que empezó, por su ubicación privilegiada a producir mejor rendimiento. Una buena temporada de invierno en la Hostería nos permitió dar el impulso final a la obra para hacerla habitable, después de cinco años alquilando nos mudamos a nuestra casa. Los primeros tres años no hicimos amigos pero, a partir de una visita de Celia Levcovich que nos invito al festejo de Rosh Hashaná en un hotel, donde concurren habitualmente los judios para festejar el evento, no dejamos pasar la oportunidad y, con la tres nenas y Eti en cochecito, la familia Keselman dijo oficialmente, aqui estamos. A partir de allí, comenzamos una férrea amistad con Celia y Tulio Levcovich, tenían tres varones de la edad de nuestras hijas, tambien conocimos a otras familias. Entre tres miembros compraron una casa y, la prestaron para hacer actividades y conformar una comunidad judía organizada. Hasta ese momento, nuestro compromiso con la cultura de nuestros ancestros era casi inexistente. Nuestra vida social fue más intensa disfrutando bastante de nuestra nueva realidad. Las chicas fueron creciendo y una situación económica más cómoda, nos permite hacerlas participar de actividades que disfrutaban. Esquí, caminatas de montaña con el Club Andino y otras instituciones. Con la familia De la Puente solíamos compartir muchas salidas a recorrer los hermosos paisajes del entorno, práctica que no abandonamos cuando ellos volvieron a Buenos Aires. Les dimos a nuestros hijos la vida que aspiramos y hasta hoy lo agradecen. Así fueron pasando los años con altibajos en lo económico. Personalmente, disfrutaba al máximo tanto las salidas recreativas en familia como mi activa participación en entidades intermedias como la Cámara de Comercio, La Cámara de Turismo, La Asociación de Hoteles, La Junta Vecinal de Melipal, me contaban como miembro de comisión directiva, aportando lo mejor de mi, en ideas que pudieran beneficiar a la economía de Bariloche. No pasamos desapercibidos y nos insertamos con buen nombre en la sociedad Barilochense. Mi objetivo era llegar a Bariloche y vivir allí para siempre, no pudo ser a pesar de eso, estoy seguro de que habíamos tomado la mejor decisión de nuestra vida, acumulando vivencias que guardamos en el cofre de los mejores recuerdos. En el transcurso de una vida no fueron muchos años, aunque las situaciones y éxitos en todo sentido, nos hace sentir muy orgullosos por lo logros obtenidos. Solo mirando cómo son nuestros hijas confirman lo dicho.lo dicho.

Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por expresar tu opinion que valoro y me ayuda a mejorar el material que voy crando