Experiencias que te marcan
Estábamos cursando el cuarto o quinto año del colegio secundario J.J. de Urquiza en el barrio de Flores de la Capital
En la última fila , pegado a la pared, los cuatro pupitres del fondo los ocupamos: Eduardo, Sergio, Mario y yo.
Éramos más que compañeros. Fuera del colegio, compartimos muchos momentos que recuerdo con cariño.
Eduardo , nos comentó que su familia tenía un campo en Médanos, cerca de Bahía Blanca en la provincia de Buenos Aires.
Allí, solo vivía su abuelo con un hombre-capataz que lo acompañaba.
Eso despertó nuestra curiosidad por saber más.
Éramos cuatro bichos de ciudad , escuchar del campo y la posibilidad de conocerlo, surgió una pregunta.
-Che Eduardo-, le pregunte, ¿podemos ir a pasar unos días allí ?
-Podría ser, pero tengo que preguntar en casa-, -dale genial-, le conteste.
Mario, no pudo venir. Tomamos el tren en la estación Constitución de la Capital. Llevábamos algo de ropa y una carpa con bolsas de dormir, ya que la casa del abuelo era precaria y pequeña.
Eso mejoraba la aventura que estábamos dispuestos a vivir.
Era pasado el mediodía, cuando llegamos a Médanos.
Teníamos hambre, donde comer o comprar algo, fue nuestra primera misión.
La primera sorpresa fue encontrarnos con un pueblo con calles de tierra y casas muy antiguas, bastante avejentadas.
En la esquina había lo que parecía un restaurante, hacia allí nos dirigimos no muy convencidos pero, el apetito que teníamos lo decidió.
Cruzamos la calle y entramos.
Los ojos de los parroquianos se clavaron en nosotros. Éramos forasteros.
El mozo nos dio la bienvenida y nos señaló una mesa que estaba en un lugar elevado, como una especie de escenario.
A medida que avanzamos entre las mesas, nos saludaban con un, “buen dia”!
Tres porteños no acostumbrados a esos gestos amables y de buena educación, nos sorprendieron.
Nos ubicamos en ese escenario que dominaba visualmente a todo el restaurante.
Los ojos de los parroquianos seguían mirándonos como bichos raros. Un poco incómodos, terminamos por acostumbrarnos.
Era evidente, que ese especie de escenario con una sola mesa, estaría reservado para gente importante, eso creímos nosotros y no nos molestó.
El mozo nos miró, levante la mano y se acercó a nosotros:
- señores, ¿desean pedir algo- ?.
Tome la palabra y le pregunte: ¿nos podría traer un menú ?. Su cara de sorpresa y su gesto sonriente me dio a entender que allí no existía un menú.
-No muchachos, aquí solo ofrecemos la comida preparada del día-, bueno ¿qué tienen para ofrecernos ?, preguntó Eduardo.
-Es un menú fijo-, continuo.De entrada, una sopa de verduras, luego, milanesas con papas fritas y de postre, un flan o duraznos en almíbar.
La sopa de verduras no nos entusiasmaba pero, como estaba incluida en el precio, nos miramos y asentimos.
-¿Para beber?-, pregunta el mozo.
-¿Qué hay?-, dice Sergio.
-Vino de la casa o limonada-, con una mueca de asco le pregunté a mis compañeros:- limonada esta bien ?-, resignados, asintieron con la cabeza .
Mientras esperábamos, no podía dejar de observar los cuadros que pendían de las descascaradas paredes.
Mas que cuadros, parecian fotos antiguas en blanco y negro.
De curioso me pare y me acerque para verlos mejor, mis compañeros no me siguieron.
Seguramente, serían comensales importantes. Algunas eran imágenes del restaurante que tenía un aspecto mejor al actual. Había vistas del pueblo embanderado y grandes escarapelas. Carros con jóvenes vestidos de gauchos y chinas con largas trenzas. Hasta los caballos tenían adornos con los colores patrios.
Seguramente, sería un 25 de Mayo o 9 de Julio.
Otras fotos, retratan escenas de jineteadas.
Era evidente que las fiestas patrias no pasaban desapercibidas.
Del techo colgaban dos grandes ventiladores de cuatro aspas, que funcionan lento.
Las mesas de madera con manteles a cuadros, incluyen un salero y pimentero de vidrio con base de acero inoxidable y servilletas de tela haciendo juego.
Todo muy simple pero acogedor.
Suerte que la bebida y la panerita de paja con servilleta a cuadros nos llegó antes de la comida. En un santiamén, dimos buena cuenta del pan y la bebida , que el mozo nos repuso amablemente.
Para nuestra sorpresa, la sopa era riquísima, la milanesa enorme y las papas fritas, abundantes.
Tres flanes con dulce de leche, cerraron nuestra experiencia gastronómica en una fonda de campo.
Contentos porque comimos abundante, rico y barato, nos fuimos con el consabido “buen provecho” a medida que pasábamos entre los comensales.
Eso lo aprendimos porque mientras comíamos, toda persona que ingresaba al local y pasaba al lado nuestro nos decía así.
Eduardo, ya había hablado con el capataz, que conocía de otras visitas y convino una hora para pasarnos a buscar, ya que no había otra forma de llegar al campo.
Una vez allí, saludamos al abuelo que nos invitó a tomar un mate cocido.
El único que nunca lo había probado era Sergio, le agradeció y pidió solo agua.
Armamos la carpa al lado de la casa, ya estaba anocheciendo, nos sentamos afuera de la casa sobre unos troncos que hacían de bancos.
Nos acompañó el capataz, cuyo nombre no recuerdo. Mientras él tomaba mate amargo que nosotros rechazamos, empezamos a interrogarlo sobre la vida que llevaban allí.
Sin mucho entusiasmo y con la paciencia típica de la gente de campo, nos contó todo lo que queríamos saber.
Era un hombre de unos 60 años, nunca se había casado y no tenía hijos que él supiera. Así nos dijo y lo entendimos.
De joven, había trabajado en otros campos haciendo todo tipo de tareas, hasta que decidió buscar algo más tranquilo y, aquí estaba desde hacía 10 años.
Al Abuelo, se lo veía avejentado, callado pero servicial. No alcanzamos a darnos cuenta si estaba contento con la visita de su nieto. La mayoría de la gente de campo es muy poco expresiva.
Ya de noche, nos saludamos y nos fuimos a dormir en nuestra carpa. Por suerte no hacía frío y nuestras bolsas de dormir eran más que suficientes.
Eduardo y Sergio se durmieron enseguida, yo, no podía conciliar el sueño.
Había sido un largo día con muchas nuevas experiencias, no estaba relajado, más bien sentía una excitación inexplicable.
Sali de la carpa, la noche sin luna, me sorprendio el espeso negro del entorno, no distingia nada, solo una sombra de la casa del abuelo.
Miré hacia el cielo y no podía creer lo veía. No era el cielo nocturno en la ciudad, la iluminación de las calles nublaba la visión y sólo algunas estrellas podían divisarse.
Quise despertar a mis amigos para que no se perdieran el espectáculo pero, no lo hice.
Nunca había visto algo semejante. Infinidad de estrellas de todos los tamaños. La cruz del sur, parecía un cuadro que se destacaba del conjunto.
El silencio de la noche, que no lo era, parecía una sinfonía de sonidos que, junto a los bichitos de luz que bailaban frente a mí, crearon un espectáculo que perdurará dentro de la caja de mis más hermosos recuerdos.
El Sol ya estaba presente cuando nos levantamos, después de desayunar nos fuimos a caminar sin rumbo fijo.
Verde y más verde que llegaba hasta un horizonte infinito, solo interrumpido por algunas arboledas pequeñas.
Después supimos que el campo se arrendaba para el cultivo y es por eso que no vimos actividad de ningún tipo.
Volvimos al mediodía para almorzar en la casa del abuelo. Nosotros tres el abuelo y el capataz seríamos los únicos comensales.
Una mesa de tablones sin mantel y dos bancos largos a cada lado era todo el mobiliario.
Era una cocina comedor con piso de tierra.
El único plato, fue un puchero muy completo con un sabor que nunca olvidaré.
El abuelo se encargaba de servir y no quería que nadie lo ayudara. Llamó mi atención, que el líquido que quedaba en los vasos, lo tiraba al piso sin inmutarse.
Ya nos habíamos puesto de acuerdo, que la cosa no daba para más y, como nos quedan algunos días libres hablamos sobre qué hacer.
Eduardo nos dijo que él conocía a un bañero en Miramar que seguramente nos dejará pasar la noche allí.
Sergio y yo estábamos de acuerdo, cómo llegar allí, era el problema a resolver.
Después de algunas ideas que no prosperaron ya que nuestro presupuesto limitaba las opciones.
Alguien propuso, no se quien, - y si hacemos dedo? -
-Que podemos perder-, dije, si nadie nos lleva nos volvemos en el tren a casa.
En la salida del pueblo había una estación de servicio. Allí se detenían autos, chatas y camiones, alguien no llevaría.
Éramos tres con mochilas grandes, no habría demasiadas opciones por eso, nos convencimos de que quien nos quiera llevar aceptariamos.
Inclusive para un camión, tres en la cabina, éramos demasiados. Sorteamos con pajitas, quien seria es desafortunado que viajará atrás, vaya a saber con que carga.
Fui yo el desafortunado asi que asumi bancarme lo que venga.
Un camión con acoplado cargado hasta la manija, no dejaba ver lo que llevaba porque una lona gruesa lo tapaba todo.
Mochilas, mi guitarra y yo, seríamos los que viajamos arriba de esa lona gruesa que no dejaba ver la carga.
Cuando subí, mi curiosidad pudo más, vi que en un rincón había un pequeño espacio que me dejaba ver que llevaba.
Sal gruesa. sería mi compañero de viaje.
Después de un par de horas de viaje, mis compañeros convencieron al chofer para que yo me sume en la cabina. Le dijeron que sabía tocar la guitarra lo que lo convenció para que por el resto del viaje entonara canciones para mantenerlo despierto.
A la tardecita, llegamos a Miramar, después de pasar el día en la playa, Eduardo convenció al bañero que nos dejara pasar la noche en su pequeña cabaña de madera.
Después de un día intenso, nos acurrucamos en nuestras bolsas de dormir hasta que a las 7 de la mañana, el silbato del bañero nos despertó
violentamente ya que debía salir a nadar para ver el estado del mar y saber qué bandera poner en el mástil de su cabaña.
Nos tiramos en la arena cerca de la orilla, ya bien despiertos nos dimos un chapuzón en el mar.
Mientras Sergio y yo desayunamos en un bar cercano, Eduardo fue a visitar a una chica con la que estaba saliendo.
A primera hora de la tarde nos subimos a un micro de La Costera criolla.
Tras varias horas que pasamos mayormente durmiendo, llegamos a la estación terminal y cada uno tomó el transporte que lo llevaría a sus respectivas casas.
Esta no fue la única experiencia que compartimos, fue una intensa vivencia que recordamos toda vez que nos reunimos.











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