No me rendire
Conocí por primera vez Bariloche, cuando tenía 12 años, estuve allí 24 horas, me encanto.
Ya casado, fui un fin de semana largo con Mirta, mi primo Carlitos y su esposa, me deslumbró.
Mi luna de miel en Mendoza, sus calles arboladas, sus viñedos, la imponente cordillera de Los Andes, me fascino.
Pasaron muchos años, teníamos tres hijas, la fábrica de vestidos para muñecas ya no era negocio y la cerramos.
Buenos Aires había crecido para mal en todo sentido. Mi estado de ánimo no era el mejor, debía tomar una decisión y encauzar mi vida. No sería fácil, Mirta y las niñas se verían afectadas hiciera lo que hiciese.
Quería irme de Buenos Aires y recomenzar. En lo laboral solo contaba con mi fuerza de voluntad y sentido común que creí tenía.
Había vencido o dormido al monstruo, confianza para enfrentarme a lo que viniera, no me faltaba.
En mis fantasías, había soñado vivir alguna vez en un entorno de montañas, lagos, mucho verde….
Entre Mendoza y Bariloche elegí esta última. Mirta me apoyaba.
Viaje para tantear el terreno, mi mamá me acompañó en lugar de Mirta que debía cuidar a las chicas que iban al jardín y al colegio.
Había que resolver de inmediato dos problemas, vivienda y fuente de ingresos.
Caminando por la calle Mitre, entramos a una inmobiliaria. Expliqué mi problema e inmediatamente empezaron a buscar las alternativas disponibles.
Lo que afectó a mi negocio, también lo hizo con Bariloche, el tipo de cambio no favorecia a los turistas extranjeros y tampoco a los argentinos que les salía más barato viajar al exterior.
Muchos negocios cerraron. Me ofrecieron una hostería en alquiler, allí podría resolver los dos problemas si se reactivará el turismo. Me interesó la propuesta.
La Hostería El NIdo, en el Km. cuatro de la avenida de los Pioneros en el barrio Melipal era una posible opción.
Estaba ocupada por una familia con cuatro hijos, Norberto era el hombre de la casa y Mirta su esposa. Ellos habían venido de Buenos Aires, buscando lo mismo que yo. Norberto era un habilidoso diseñador gráfico y trabajaba para empresas medicinales.
No había pasado mucho tiempo cuando se dieron cuenta que una hostería con trece habitaciones, era muy costosa para ellos. Calefaccionar esa casa en invierno, significaba encender una caldera que funcionaba a gasolina.
Querían mudarse a un departamento en el centro de la ciudad. Tenían un contrato vigente,convencer a la propietaria de aceptar el cambio de inquilinos. sería complicado. Acordamos con Norberto los términos, faltaba convencer a la dueña.
Regresamos a Buenos Aires, los contactos seguirian por teléfono. El señor de la inmobiliaria Di Tulio, era quien tendría la misión de convencer a doña Chela Ferrero.
Con 70 años, viuda y pionera, los cambios importantes la asustaban, conocía a Norberto y su familia, estaba muy cómoda con ellos porque son excelentes personas. Terminaron siendo buenos amigos con los que compartimos muchos momentos en Bariloche y en Buenos Aires a nuestro regreso.
Inmovilizados en casa, sin saber qué hacer. La respuesta se demoraba y nuestra ansiedad crecía. Fueron días que no se los deseo a nadie.
Cuando pensé que ya había pasado un tiempo prudencial, decidí llamar a la inmobiliaria y enterarme de la decisión de Chela.
Tome el teléfono, marque el número y espere. Una voz de mujer que asumo era la secretaria dice:
–Inmobiliaria Di Tullio, buenos días
–Soy Marcelo Keselman hablo desde Buenos Aires, necesito a la persona que está siguiendo el tema de la Hostería El NIdo.
-Un momentito por favor ya lo averiguo.
–¡Hola Marcelo!, disculpa que no te llame antes, -se notaba sincero.
–Quería saber si ya habias hablado con la Sra. Chela ?
–Si, si!, lo hice, su voz apagada no presagiaba la respuesta que tanto esperaba.
–Contame ¿Qué te dijo?
–No tengo buenas noticias que darte.
–¿Qué pasó cuál es el problema?
–No le gustan los cambios, quiere seguir como hasta ahora.
–De todos modos no te preocupes que si sale algo yo te llamo.
–Discupanos Marcelo pero sabes que no depende de mí.
–Nos mantenemos en contacto, saluda a tu esposa,- y corta.
Esa respuesta, destrozó mi corazón, pero no iba a rendirme.
Perseverancia es mi palabra favorita cuando se trata de obtener cosas o resolver problemas.
–¿Qué pasó?, pregunta Mirta
–Voy a viajar solo a Bariloche, le hablaré por teléfono estando allí, le diré que me gustaría hablar con ella unos minutos.
Ya en Bariloche, no perdí tiempo y la llame:
–¿Sra Chela?
–¿Quién habla?,preguntó sorprendida.
–Usted no me conoce, yo soy Marcelo Keselman el que está interesado en alquilar su Hostería.
–Ahhh,si si, la gente de DiTulio me habló de usted pero ya le di mi respuesta.
–Conozco su respuesta, vine especialmente para que nos veamos personalmente, le voy a quitar unos minutos de su tiempo,- me quedé en silencio esperando.
–Mire señor, reconozco el sacrificio que hizo, solo por eso, acepto verlo un ratito porque tengo que salir..
–Le agradezco mucho señora, ¿cuándo puedo verla ?
–Si quiere venir ahora, yo me quedo en casa.
–Perfecto señora, tomo un taxi y en unos minutos estoy allí.
La Hostería El NIdo, era como un gran chalet con techos de tejas rojas, mucha madera barnizada a la vista. Estaba asentada sobre un gran terreno de un cuarto de manzana, árboles frutales, un paraíso para un porteño que viene de la chatura de Buenos Aires.
Vivir allí sería mi sueño hecho realidad, imaginar a mis hijas correteando por ese jardín, valía la pena cualquier sacrificio.
La casa de Chela, estaba al lado sin nada que separara los terrenos.
Antes de entrar me dije: “pone tu mejor cara, afila cada palabra que digas, no habrá otra oportunidad”.
No había timbre, golpee la puerta, me estaba esperando y abrió enseguida.
–Sra. Chela?, Sr Marcelo?, pase por favor.
Su figura me impactó, sabía su edad aunque su postura recta, la voz clara y amable, el cabello blanco como la nieve, hacían un personaje que yo debía cautivar, sin esperarlo me cautivo a mi.
–Tome asiento, -era un sillon de caña muy cómodo, ella se sentó enfrente a un metro de distancia.
Un gran ventanal vidriado hacía que el verde del entorno nos invadiera. Su casa pequeña y muy cálida me hacía acordar a tantas que había visto dibujadas en los cuentos para niños.
–¿Desea tomar algo joven?, lo que usted tome señora
–Llameme Chela, me siento más en confianza.
–Como usted prefiera,- lo interprete como un gesto que ayuda a descongelar el momento.
Trajo dos tés, con masitas que ella preparó.
–Usted dirá joven.-Le conté mi pequeña gran historia que escuchaba con mucha atención. Asentía con la cabeza como aprobando lo que yo decía, eso me dio confianza.
Me pregunto por mi familia, lleve fotos y se las mostré, quedo embelesada. Todo iba resultando muy bien.
Me pregunto pocas cosas que respondí con seguridad.
Cuando ambos nos quedamos callados, me dice:
–Sabe Marcelo, yo no acepté al principio porque no lo conocía, ahora es otra cosa. Casi nunca me equivoco valorando a las personas y usted califica.
–Puedo darle un beso en la mejilla, me recuerda a mi madre.
–No me diga!, -le había gustado la comparación
-Quisiera conocerla algun dia, estoy segura que podremos ser amigas.-
Acordamos que los términos del contrato los manejaría la gente de DiTulio.
Cuando Norberto y su familia se mudaran, nosotros ocupariamos la Hostería
Hay algo que siempre les digo a mi familia: “solo vas a fracasar, si lo dejas de intentar”.
Marcelo Keselman










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