Mi Mama
Mi Mama
En un día soleado, estábamos en el cementerio los familiares cercanos que vivíamos en Israel y algunos amigosDespedimos el cuerpo que durante 94 años perteneció a mi Madre.
Para mi, era solo un cuerpo ya muy viejo, que había perdido las cualidades que había tenido.
Fue enterrado, como es uso y costumbre. Tras recibir los pésames, finalizó la ceremonia.
El judaísmo dice, que debería haber hecho 7 días de shiva, no lo hice. La religión no es lo mío y trato de no ser hipócrita.
Según mis creencias, allí solo se había enterrado un cuerpo, que alguna vez perteneció a mi Madre,
No necesito ir al cementerio para recordarla. A mi entender, las personas que tuvieron una vida trascendente, no mueren nunca, viven en el recuerdo.
No hay nada físico que me la recuerde, todo está guardado dentro de mis mejores vivencias.
Ella era Catalina Kleiman y, a través del tiempo, me contó algunas anécdotas que ocurrieron cuando yo, todavía no existía.
Nació en la Pcia. de Entre Ríos en la Argentina. Cerca del pueblo de San Antonio.
Tuvo tres hermanas, la mayor Aida, luego le seguía ella, después nació Sofía, más conocida como La Negra y por último Julieta.
Su mamá fue Elena Grinauz y su papá, Martin Kleiman.
Sus padres, llegaron de Rusia todavía adolecentes y ya tenían familiares viviendo en la Argentina, principalmente en Entre Ríos.
Recibieron un pequeño campo cuyas dimensiones nunca supe.
Las labores del campo exigían la fuerza de un hombre, fue ella la elegida por mi abuelo, para ayudarle en algunas tareas.
Se reía, mientras comenzaba a contarme que una vez, le dijeron que fuera al gallinero y que matara un gallo viejo para cocinarlo como puchero. No se si le daba impresión o asco, solo lo hizo.
Le cortó el cogote y lo dejó tirado en el piso de tierra para que se desangrara. Mientras tanto, se fue adentro del rancho a hacer algo. Cuando regresó, el gallo no estaba en el lugar que lo había dejado. Lo busco con desesperación, ya que no sabía cómo explicar que el gallo había desaparecido.
Pasado un tiempo, caminando por los alrededores, lo vio, se acercó a él y lo reconoció por la enorme cicatriz curada, que tenía en el cogote.
Entendió que merecía vivir y se alejó de él.
Siempre que creía ver una oportunidad, le pedía que me contara sus vivencias.
Un día su tío, el hermano de mi abuelo, era vecino y poseía una estancia.
Toda la familia fue invitada a un asado por algún motivo importante.
Se vistieron con sus mejores galas, eran pobres y se notaba en la vestimenta. Ella nunca se quejó de eso.
Una multitud de invitados estaban allí. Muchos de los asistentes pudientes, lucían ropa de campo muy elegante .
Quedaron deslumbradas ya que ella y sus hermanas no habían tenido una experiencia semejante.
Se acercó al sitio en donde preparaban la comida, un calor anormal llamó su atención. Alcanzó a ver, no muy lejos de allí, parrillas con brasas encendidas. La curiosidad fue más y se acercó.
Eran costillares de vaca que, del lado que no le llegaba el fuego, conservaban el cuero. Se sostenían parados con un gancho de hierro en forma de cruz. De la misma forma, había corderos abiertos con las patas extendidas. Formaban un semicírculo
A dos o tres metros de distancia, una pila de brasas al rojo vivo, cocinaban lentamente las carnes.
La larga fila de parrillas, servían para que chorizos, morcillas, chinchulines, mollejas,etc., completara un menú, que con solo verlo, se deleitaba.
Un quincho de paja sin paredes, era el sitio en donde las chinas preparaban las ensaladas y los postres.
Posiblemente, eran las esposas e hijas de la peonada.
Tablones sobre caballetes con manteles de papel esperaban a los invitados para comer.
Algunos lucian sus amplias bombachas de campo, negras, blancas o beige, camisa blanca, un gran pañuelo de seda de color, doblado sobre los hombros, atado al frente y sobre la espalda, bajaba en pico en forma de triangulo.
Sombrero de fieltro negro, un ancho cinturon con cientos de monedas plateadas, por demas llamativo.
Botas de cuero en forma de acordeón. Un facón con mango y vaina de plata labrada, se sostenía cruzado en la espalda dentro del cinturón. Solo se dejaba ver la punta y el mango. Con él, cortaba la carne.
Tras el almuerzo, un grupo de gauchos musiqueros se subieron a un escenario. Eran tres con acordeones, tres con guitarras y dos que le daban a los bombos como queriendo romperlos.
Los valientes, se acercaban donde estaban las mozas, casi siempre al cuidado de sus madres y las invitaban a bailar. Algunas aceptaban y otras, tal vez por vergüenza, no, pero seguro se morían de ganas.
Meta chamames, chacareras, alguna zambita y al poco rato ya eran muchos los que bailaban, inclusive las avergonzadas.
Así fue transcurriendo la tarde, era evidente que faltaba el plato fuerte: la carrera de sortijas, la cuadrera y la jineteada.
Mamá me contaba el sacrificio que tenían que hacer para estudiar. El colegio les quedaba a unos cuantos kilómetros. Madrugaban para llegar a tiempo, porque viajaban en un sulqui de andar lento.
Pudieron estudiar hasta tercer grado del primario, ya que no había para más.
En su casa, solo se hablaba idish, costumbre que continuó mientras mis abuelos vivían.
Durante tres años seguidos , las mangas de langostas les comieron las cosechas. Esa fue la catapulta que los echó del campo y se vinieron a Buenos Aires.
Alquilaron una casa en el barrio de Caballito, frente al parque Centenario.
La entrada estaba en la avenida Diaz Velez, al lado, la academia de conducir LAMELA y sobre la derecha, un negocio que vendía pianos.
Era una avenida muy transitada, también pasaba un tranvía y un trolebús. Justo en ese lugar, había un desvío para otra línea de trolebuses, el guarda que vendía los boletos, debía bajarse y desconectar las lanzas para volver a conectarlas en el desvío. Verlo, era todo un pasatiempo.
Empezó a trabajar con sus hermanas en una fábrica textil que quedaba cerca. Ellas eran costureras.
Un día le pregunté, cómo había conocido a mi papá, fue en un salón de baile, me dijo.
Las mujeres jóvenes generalmente, iban acompañadas de sus madres. Mi papá, la invitó a bailar un tango, una milonga o un pasodoble, lo recuerdo porque era lo único que sabía bailar.
Vi alguna foto de mi mamá en esa época, me llamó la atención lo bella que era. Con su sombrero negro, con un tul que le tapaba los ojos. Los labios pintados de rojo, sus cejas finitas retocadas con lápiz, un trajecito entallado al cuerpo y zapatos con tacones altos. Un personaje de película.
Noviaron algunos meses y se casaron. Mi abuelo paterno pagó la fiesta y aceptó que en el mismo salón, se casara mi tía Negra con mi tío David.
Alquilaron una casa a dos cuadras de donde vivían mis abuelos . Allí nací y viví hasta los 21 años en que me casé.
Mi abuelo paterno, tenía una empresa de pintura de casas y sus hijos, trabajaban como obreros para él.
Al poco tiempo, mi mamá quedó embarazada de mi hermano Quique, cuatro años más tarde, nací yo.
Mi mamá era una persona ambiciosa, como no se conformó con el sueldo que recibía mi papá, lo alentó a que dejara ese trabajo
Mi papá, sin auto, empezó a corretear ferreterías vendiendo mangos de martillos, hachas, secadores, escobas, y otros por el estilo.
El negocio fue creciendo y con él, las necesidades.
Compraron un camioncito marca Rugby a bigotes. Recuerdo que llevaba pintado sobre la madera del frente, arriba de la cabina, la inscripción Quique y Marcelo.
Cuando le pregunté, cómo se les había ocurrido ponerme de nombre Marcelo, dijo que había escuchado en el parque a una madre llamar a su hijo Marcelito. Mi segundo nombre es Ricardo, en honor a don Ricardo Lamela, dueño de la academia de conductores que en aquel tiempo era famosa.
Era un hogar humilde, nuestra casa no tenía muchas comodidades.
La bondad de mi madre y su querer hacer el bien, hizo que pasen por nuestra casa: tias, primas que venían de Entre Ríos , sus limitados recursos les impide pagar hoteles o alquilar casas.
A veces se quedaban mucho tiempo.
Recibió a mis hijos que venían de Bariloche a estudiar,
Cuando las cosas no me fueron bien y, debía empezar de nuevo, me quedé en su casa mientras mi esposa en Bariloche, cerraba ese capítulo.
Era una gran cocinera, no se negaba cuando necesitaban de su ayuda para las fiestas judías.
Generalmente se hacían en la casa de mis abuelos paternos, era el lugar donde siete hermanos con sus hijos, celebramos Pesaj y Rosh a Shana.
El gefilte fish (pescado relleno), los knishes o beigales (masa hojaldrada con papa o queso).
Conocía casi todas las especialidades de la comida judía eskenazi que seguramente heredó de mi bobe o su abuela.
Todo lo que aprendió mi esposa, fue de ella.
Cuando le preguntaban por la receta, siempre contestaba, “veni y mira como lo hago”. No sabía de gramos o medidas, su secreto estaba en su mano y la cantidad que requería.
El judaísmo lo practicaba a su manera, siempre reservaba un lugar en el templo para conmemorar Iom Kipur. Mi hermano y yo, la saludamos al final.
Respetaba mis sentimientos. Le dije que me perdonara por no hacer el Bar Mitzvá ya que no quería sentirme un hipócrita. Así lo entendió y lo acepto sin recriminación
Yo era chico y todas las cosas que fui observando de su conducta, se me pegaron .Su ejemplo es la esencia de mi escala de valores y consecuentemente de mis hijos. Siempre recordamos su filosofía de vida simple y verdadera.
Lo que ella tenía de persona ambiciosa y audaz, mi padre no. Fue idea suya comprar un negocio en La Paternal. Allí hacía de vendedora, mi padre seguía visitando ferreterías.
Era muy buena vendiendo, cualidad que heredó mi hermano.
Pudieron pagar la hipoteca.
El negocio tenía una casa al fondo, con un proyecto que yo diseñé, se hicieron reformas que les permitió mudarse allí.
Mi padre dejó el corretaje y se quedó en el negocio. Era una muy buena persona pero de ventas, nada.
Por querer ayudar a un cuñado que había tenido problemas económicos, mi madre se puso en sociedad con él.
Comenzaron a fabricar vestidos para muñecas al por mayor. Eso duró un tiempo, disolvieron la sociedad y continuó haciendo lo mismo en su casa.
Cuando comencé mis estudios de arquitectura, llevaba cinco años de novio con Mirta. Por número bajo, fui exceptuado de hacer el servicio militar. Luego abandoné mis estudios.
Me propuso asociarme, y acepté. Mi aporte, nos hizo crecer.
Me casé, continuamos con el negocio por 10 años. Los ingresos me permitian llevar un estatus de clase media.
Mi madre, habiendo logrado su independencia económica, pudo viajar. Al principio lo hacía con mi padre, pero como él no le seguía el ritmo, siguió viajando sola.
Eso habla de su carácter. Le resultaba fácil socializar en los grupos y, muchas veces lideraba, convirtiéndose en un personaje al que todos le admiraban y querían. Siempre fue ella, siempre hizo lo que quiso, mientras pudo hacerlo.
Sus nietos , adoraban a Bobe Cata y lo siguen haciendo, sabiendo que ella, esté donde esté, los cuida y protege.
Nunca dejaba de ir a una fiesta y convertirse en el centro de atención, Bailaba y recorría las mesas conversando con todos.
La fábrica, por circunstancias económicas que no podíamos controlar , dejó de funcionar.
Me fui a vivir a Bariloche con mi esposa y mis tres hijas. Ella nos acompañó para servirnos de apoyo.
Pasó mucho tiempo con nosotros, ya no hacía viajes al exterior.
Mi papá, estando solo en Buenos Aires a los 63 años, falleció de un paro cardíaco, sin haber antecedentes que presumieran tal desenlace.
El no haber estado junto a él cuando sucedió, le afectó bastante, pero se repuso.
Vivía sola en un pequeño departamento propio en la zona del parque Centenario, muy cerca de donde pasó casi toda su vida.
Mi perra cocker tuvo cachorros, uno se lo envié de regalo. La negrita, como ella la llamaba, era su vida y fiel compañera hasta que murió. Eso también le afectó.
Después de 15 años en Bariloche, otra grave crisis económica hizo que el objetivo de vivir allí para siempre, se hiciera imposible de concretar. Tuvimos que decidir pasar página y volver a Buenos Aires.
Volvimos a empezar. Otra crisis acabó con nuestra paciencia.
Ya no teníamos fuerzas ni ganas de intentarlo en la Argentina.
Cuando le comenté a mi Mamá la situación y la posibilidad de hacer Alia, no lo pensó y me dijo: vayan a Israel.
A pesar que sabía, que significaba alejarnos muchísimo, solo quiso nuestro bienestar.
Una vez la escuche decir : “yo, lo unico que quiero es que mis hijos sean felices”
Casi con 90 años, regando sus plantas se cayó y se rompió la cadera.
Mi hermano, que vivía en Buenos Aires, le sirvió de apoyo.
No le gustaban los hospitales y su estancia allí, la deprimió al punto de decir, que ya no quería vivir.
Le dije a Quique, “cuando la veas lleva tu teléfono celular que la voy a llamar”. Así fue, hablaron mis hijas y después yo.
Sentí que era el momento de devolver tantos favores que había hecho a mi familia y a mi. No podía aceptar que alguien que amaba la vida, quisiera morir.
Previamente, había hablado con mi esposa para que comprendiera la necesidad que yo y ella teníamos, de vivir juntos los años que aún le quedaran de vida. Así lo comprendió.
Tome el teléfono y le propuse venir a vivir con nosotros.
Lo primero que me dijo fue: Mirta está de acuerdo ?, le dije, si.
Se repuso, cuando su médico ya la había desahuciado.
Se subió al avión con 90 años a cuestas. Con un cuerpo cansado y enfermo , se vino a vivir con nosotros.
Fue para ella, como un renacer, amaba la vida y ahora tenía otra oportunidad.
Moadon, tiulim, hasta un novio israeli que se comunicaba en idish sin problema. Él era más joven y ella se hizo querer.
Vivió con nosotros cuatro años, su mente estaba intacta, pero su cuerpo ya no la ayudaba mucho.
Después de tres años sin ver a nuestras hijas en Argentina, queríamos viajar y no la podía dejar sola.
Le propuse ir a un hogar de ancianos, al principio se negó, sólo aceptó, cuando le dije que era por un mes. Le prometí, que cuando regresara, podía volver con nosotros.
A mi regreso, se dio cuenta que era lo mejor para ella y se quedó allí.
Su condición empeoró y tuvimos que llevarla a otro hogar que se especializaba en pacientes de su estado fisico.
Fueron dos meses que no se merecía y por fin, terminó de sufrir.
Comentarios
Publicar un comentario
Gracias por expresar tu opinion que valoro y me ayuda a mejorar el material que voy crando