Mi Primer Hogar
Mi Primer Hogar
En Mendes de Andes 32, en el barrio de Caballito de la Capital y más conocido por el parque Centenario, nací yo. Viví allí hasta que me casé con Mirta el 22 de Noviembre de 1969.Mis recuerdo comienzan a partir de los 5 años.
Era una casa alquilada, los dueños vivían justo al lado, la familia Valdez. La calle empedrada y tranquila, veredas con árboles de mediano tamaño.Se entraba subiendo un umbral de mármol blanco, lo suficientemente ancho para servir de asiento y mirador.
Pasé muchas horas allí sentado esperando que algunos de los chicos que vivían en la cuadra, salieran para jugar.
La puerta de dos hojas de hierro negro, daba paso a una escalera de 5 escalones de marmol blanco. Antes de subir la escalera sobre la derecha, una puertita de metal negro llevaba al garage donde el viejo Valdez guardaba su auto. El ya no manejaba, tenía Alzheimer avanzado. Un día se escapó de la casa saltando por el balcón.
Un extenso pasillo a la intemperie de 10 a 15 metros de largo, sobre la izquierda, había dos troncos de parra de uva que se extendían por todo el patio de los dueños,otra puerta de hierro servía de acceso auxiliar la casa de los Valdez. Al final una puerta cancel de hierro verde, ciega hasta el 1,70 mts.de altura, luego continuaba con barras separadas y filigranas del mismo material,
Se ingresaba a un patio, sobre la derecha, un pequeño baño con solo inodoro y una ducha con calentador eléctrico. y un pequeño botiquín con espejo ovalado. La puerta muy precaria, estaba hecha de madera terciada por donde filtraba el frío en invierno.
En el patio, había varias macetas grandes con helechos. Un toldo de lona verde corredizo que cuando llovía fuerte se escuchaba un sonido ensordecedor. Después de la lluvia previo a cerrarlo, usábamos un secador que golpeábamos sobre el agua acumulada, esta caía a baldazos.
A la izquierda, había un piletón para lavar ropa con una tabla de madera, con el mismo fin. Servía también para lavarnos la cara, las manos, afeitarnos, solo en verano, en invierno, usábamos el baño.
A continuación un lavarropas semiautomatico redondo de marca Irupe enlozado en blanco.
Sobre la derecha, se entraba al lugar donde mamá con una cocina nos deleitaba a diario, no tenía puerta, por eso cuando preparaba la salsa de tomate, su aroma me invitaba a tomar un pedazo de pan francés fresco, le quitaba la miga y con la cáscara, mojaba el preparado como si fuese un gran manjar, lo era. Cuando llegaba el turno del postre de chocolate, lo que quedaba en la lechera era motivo de disputa con Quique, sobre a quién le tocaba raspar con la cuchara y saborear lo más rico del flan.
Allí había, una pequeña mesada de mármol blanco, y una pileta con canilla, contra la pared un calefón. Sobre la izquierda arriba, colgaba un armario para los utensilios, vajilla y almacén. La luz se encendía sin perilla, era solo una tapita con rejas. soplamos para que una chapita hiciera contacto prendiendo y apagando la luz.
A la derecha del patio, había tres puertas de madera barnizada y vidrio traslúcido. Las primeras dos, tenían en el interior cortinas de voile.
Cada entrada contaba con persianas de metal pintadas de verde con dos hojas plegables de cada lado. De noche se cerraban por dentro.
La primer puerta daba al comedor. Una mesa de madera lustrada y bordes redondeados, haciendo juego seis sillas tapizadas. Al frente, un aparador de madera lustrada que tenía la parte superior vidriada, donde se guardaban licores, copas, tazas de café con sus platitos. Ellos, llamaban mi atención por ser de porcelana china muy decorada con bajorrelieves, regalo de casamiento. El sector de abajo era para guardar platos y otras cosas.
De chico, estaba mi cuna y la cama de mi hermano Al fondo a la derecha, teniamos un televisor Raytheon con pantalla en blanco y negro. Este aparato, le fue encargado a mi tío que viajaba periódicamente a USA y siempre traía algún electrodoméstico para vender. En esa época no había muchos en el país, recién comenzada a transmitir el canal 7 con algunos programas en horarios centrales.
Recuerdo haber visto la transmisión del velatorio de Eva Peron, la plaza de Mayo estaba colmada de gente portando antorchas.
Cuando los domingos comenzaron a transmitir en directo un partido de fútbol, se llenaba el comedor de vecinos. Series de televisión, películas y dibujos animados, dejaba lo que estaba haciendo y venía corriendo para verlos. Frente a él, en el rincón opuesto, Era el lugar de la heladera Siam. Nunca faltaba el queso fresco, el dulce de batata, cada tanto la cubeteras se llenaba con un postre de quaker con chocolate delicioso que preparaba mi mamá.
Recuerdo que mi bobe Elena se quedó en casa para cuidarme, mi mamá tenía que hacer un tramite y no sabia cuanto se iba a demorar. Llegó la hora de almorzar, yo tenía hambre. La Bobe abrió la heladera y solo encontró un pedacito de salame, un trozo de queso y huevos. Con ello preparo un revuelto tan exquisito que todavía siento el sabor en mi boca. Hasta hoy, si estoy solo en casa, busco cómo lo hizo la Bobe y me preparo un revuelto parecido.
Entrando a la izquierda, una puerta comunicaba al otro dormitorio.
Allí había una cama matrimonial donde dormían mis padres. La cama, era de madera oscura lustrada, que miraba hacia la puerta que daba al patio. Sobre la izquierda , había un ropero de tres puertas, la del medio con espejo.Sobre la derecha, una cómoda baja con un gran espejo semicircular. haciendo juego
A continuación, una abertura sin puerta pero con una pesada cortina marrón comunicaba el último cuarto. Al principio, ese cuarto solo se usaba como depósito de lo que vendía mi papá, cuando crecí, ya habían comprado el negocio, trasladaron la mercadería e hicieron una pequeña reforma. Agregaron un sobre techo de madera con una puerta trampa de 1mx1m, solo se accedía poniendo una escalera, Alli se guardaba lo no se usaba a diario.
Las medidas del cuarto eran pequeñas, solo entraba una cama cucheta, abajo dormía Quique y yo arriba.
La luz del cuatro la apagaba yo porque el artefacto me quedaba a la altura de la cara, aflojaba la bombilla, a veces me quemaba de lo caliente que estaba.
Mi hermano solía trasnochar, mi mama lo despertaba para ir a trabajar, tirando un poco de agua en su cara, no había otra forma.
En aquel tiempo, era común hacer los pisos de madera machimbrada, asentados sobre vigas que dejaban un espacio de 20 centímetros entre el piso de tierra y el machimbre, caminar era ruidoso.
Una noche estando ya todos dormidos empezamos a escuchar como piedras que caían sobre el techo de chapa acanalada. Recuerdo que mi mamá nos despertó a los gritos y en pijamas salimos a la calle. Nos paramos en la vereda de enfrente a ver, junto a casi todos los vecinos de la cuadra. La pared del fondo, era la medianera que nos separaba de una fábrica de muebles que se extendía por todo el largo de la cuadra. Era muy alta, tendría 8 a 10 mts., las lenguas de fuego se elevaban varios metros sobre ella. Yo miraba y escuchaba como mis padres y los vecinos estaban desesperados, pensaban que el incendio se había extendido a sus casas, por suerte no fue así. De la fábrica, quedaron solo cenizas.
Saliendo al patio, la pared del frente era medianera, con una fábrica llegaba hasta una altura de 3 a 4 metros. Luego se instaló allí Texas Instruments, que hacían productos electrónicos.
En sus tres pisos, había ventanales que permitían ver, como bajaba y subía el personal. Por fuera, una estructura de columnas de hormigón, sostiene un gran tanque de agua a una altura que sobrepasaba el techo de la fábrica. En la punta había un pararrayos.
Aun estoy imaginando a Quique recibiendo la visita de sus amigos Buby y Roberto, practicaban los pasos del rock and roll, era la moda. Todavía veo a mi hermano saltando con una soga porque quería adelgazar, ya era adolecente y le preocupaba su figura. Su esfuerzo le dio frutos.
En donde están las diez esquinas y el monumento al Cid Campeador, se proyectaba en el cine Río de la Plata el estreno de la película: “Al compás del reloj", con Bill Haley y sus cometas como protagonistas principales. Puro rock and roll, contagió a los presentes, la mayoría
jóvenes que se ponían a bailar en los pasillos con un fervor estremecedor.
Mi primer hogar, a pesar de su sencillez, recuerdo buenos momentos en familia, almorzabamos los cuatro en el patio en verano y en el comedor en invierno, compartiendo juntos divertidos programas de tv.
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