El Cuadro Magico




El cuadro mágico


Era una calle de veredas angosta donde solo cabían dos personas, la calle empedrada, el cielo gris, la lluvia persistente y un paraguas que se apiadó de mí, me cubría.


Mi ánimo no era el mejor, me sentía un poco deprimido, tal vez por el clima, no lo sé. Coherente con mi estado, mi mente solo me traía malos recuerdos.“A Donde voy asi”, me pregunté furioso


Vi el cartel a lo lejos de la galería de arte y me dije:

“Entrare, tal vez allí vea bellas obras que cambie mi estado”, la puerta de hierro pintada de azul estaba abierta de par en par, unos metros mas y abri la segunda, era de madera lustrada biselada, en la parte de arriba rectángulos de vidrio enmarcados en madera, dejaban ver una cortina de voile blanco. El piso de baldosas decoradas y las paredes blancas solo interrumpidas por los cuadros que se mostraban en exhibición. 


Lentamente empecé a recorrerlas una a una, como esperando que el espíritu del autor se apodera de mí, algunas se iluminaban con un pequeño reflector sujeto al techo. Recorrí tres o cuatro y me atrapó la quinta, colores brillantes, reflejaban su energía, predominaba el verde, mi favorito. 


Parado a un metro de distancia mi vista se detuvo sobre una dama acostada y desnuda, yo la miraba con tal atención que casi no parpadeaba, cuando la sequedad me hizo cerrar los ojos, al abrirlos vi que su cabeza ya no se dirige al costado derecho, ahora lo hacía hacia mi, me pareció ver que me sonreía y me guiñaba un ojo. 


Me aparté del cuadro, seguí recorriendo el salón, sin darme cuenta, otra vez estaba mirando aquel cuadro que me pareció mágico. Solo observaba a la joven sin nombre, observaba de costado, cerré mis ojos y los volvi a abrir, esta vez, lentamente dobla su cabeza, me miraba fijamente, su boca hace una mueca de beso, su mano llega a sus labios y hace el gesto que me lo envía.


Miro hacia un costado y al otro para saber si había alguien que me veía a mi o al cuadro, un hombre se acerca y me pregunta:

–Buenos días, me llamo Alfredo, soy el dueño de la galería, como estaba observando su interés por este cuadro, ¿necesita alguna información adicional?-me quedé mirándolo sin reaccionar, mi silencio hizo que Alfredo dijera:

–Disculpe si lo interrumpí, no quiero molestarlo, ¿hay algo que desee saber de esta obra?

–Si, si, disculpe mi distracción, ¿como se llama?,- Alfredo sorprendido le pregunta:

–¿Cómo se llama quien, el cuadro, el autor?

–No, la mujer,-lo mira con sorpresa

–¿Que mujer?, le pregunta

–¡La del cuadro, hombre!

–¿Y cómo voy a saber yo?, es una modelo que utilizó el artista,- contestó ofuscado.

–¿Si le compro el cuadro, puede decirme donde vive el artista?, -Alfredo vio mi interés y pensó, “es una venta segura, que problema hay si le digo la dirección?”

–¿Cuánto vale el cuadro?

– tres mil

–¿ Tres mil pesos ?, preguntó con interés

– No señor las obras de arte se cotizan en dólares americanos, -Alfredo se quedó pensativo, era mucho dinero para él, pero vale, es un cuadro mágico.

–¿Puedo pagar con tarjeta?

–Desde luego, ¿lo va a llevar?

–Si me da la dirección del artista.

–No hay problema,-descuelga el cuadro y le dice:

–Acompañeme por favor,- terminaron la transacción, con la dirección en la mano se fue de allí.


No quedaba muy lejos, prefirió viajar en taxi para evitar que dañen el cuadro.


Frente a la puerta del artista toca el timbre, alguien sale, era un hombre de mediana edad, con barba bien cuidada, le pregunta:

–¿Usted es el hombre que acaba de comprar el cuadro que yo pinte?

–Así es, ¿cómo lo supo?

–Me acaba de poner al tanto Alfredo y me comentó que le pregunto el nombre de la modelo, ¿es así?, asintió con la cabeza

–Mire, no se donde vive porque me la envió una agencia, puedo darle su teléfono, ¿es lo mismo para usted?, -no era lo que esperaba pero me conformé. 


En el viaje a casa, pensaba que le diría, no deseaba que me rechazara sin conocerme, encontrarme cara a cara sería lo mejor. Se que se llama Susana, no sabía si tenía novio o era casada, debía hacer preguntas convincentes para que no se asustara. Empezaría por contarle el motivo, tal vez así pudiera avanzar.


En cuanto llegué a casa lo primero que hice fue comunicarme con ella.

–Hola quien habla?,- su voz dulce me convenció que ella era la bella que ahora sí tenía nombre y se llamaba Susana.

–¿Susana?, - me arriesgo, así puede pensar que soy alguien a quien conoce, no me responde que si, solo dice:

–¿Pero quién habla?,- vuelve a repetir con tono más serio.

–Tu no me conoces, compre un cuadro en el que trabajaste de modelo.

–¿Cual cuadro?, fui modelo en varios

–Claro desde luego es tu trabajo, al que me refiero es el que estás acostada como la “Maja Desnuda” rodeada de vegetación

–¡Si, si recuerdo el cuadro!

–Lo que no entiendo ¿a qué viene su llamado?, sorprendida.

–Puedo tutearte Susana, yo me llamo Ricardo

–No hay problema, responde con sinceridad.

Le conté el porqué lo bautice como el cuadro mágico, lo que me pasó al verlo y el impulso que sentí de conocerla. Susana escuchó el relato en silencio, ella sabía que el cuadro no era mágico, que lo que él vio no sucedió, le impactó la sensibilidad de Ricardo que creo en ella una sana curiosidad. No podía imaginar como era en realidad. Cuando termine de relatarle lo que me había sucedido, me quedé callado esperando una señal de ella, sabía que no había cortado la comunicación pero igual pregunte:

–¿Susana, estás allí ?

– Si Ricardo, me emocionó tu relato,- quería decirle que cuando colgara el cuadro, no volvería a ver todo lo que imagino, pero se contuvo.

–¿Dime Ricardo que quieres tu de mi?, -le pregunto con curiosidad

–Conocerte personalmente, solo eso,- no quería presionarla

–Que me regales un rato de tu tiempo y compartamos un café.

–Ok, dejame pensar cuando puede ser,- se hizo el silencio

–El viernes a las seis de la tarde, ¿te parece bien?

–Perfecto, dime donde y seguimos conversando,- el lugar era muy conocido y no necesité preguntarle la dirección.

–Bien Susana, entonces quedamos el viernes, que tengas un lindo dia

–Tú también,- y cortaron. Estaba feliz como un niño  que recibe un juguete, todo había salido genial. Los días pasaron lentamente, la ansiedad me mataba. Por fin llegó el viernes, me puse la mejor ropa para la ocasión, salí más temprano para estar allí cuando ella llegara, le comente el color de la remera que llevaría, ella me describió su vestido.


Faltaban quince minutos para las seis, entre busqué una mesa apartada para conversar sin interrupciones.

Se acercó el mozo y me dice:

–¿Desea algo señor?

–Estoy esperando a alguien en un ratito le hago el pedido,- se marchó a atender otra mesa.


A las seis en punto, el sol que entraba por la puerta solo me permitió ver la sombra de una mujer, miraba desde allí para encontrarme, levante mi brazo y me vió, me pare para esperarla llegar, ella no sabía cómo era yo por eso, intente descifrar su mirada para ver si se había decepcionado o no. 


Recordaba el rostro del cuadro, el artista lo había pintado tal cual era. Acerque la silla, la invite a sentarse, para descongelar el momento, le pregunté que deseaba beber, le hice una seña al mozo, este se acercó, tomó mi pedido y nos dejó solos. Todo lo que nos rodeaba, había desaparecido, la imagen de ella mirándome, me dejó mudo.

–Sabes una cosa Susana, no me costó identificarte, el pintor te retrató con mucha naturalidad,-ella sabía que en el cuadro estaba totalmente desnuda, si él recordaba mi cara, también lo hacía con mi cuerpo, eso la avergonzaba.


Era evidente que le cause una buena impresión, charlamos de muchos temas, quería saber más de mí, no tuve problema en contarle mi vida hasta que vi el cuadro, de allí en adelante, lo que sucedería entre nosotros es algo imposible de imaginar. Continuamos la relación, cada día que pasaba, nos convencía que lo sucedido en esa galería de arte, había cambiado nuestras vidas para siempre.


Marcelo Keselman

Harish (Israel)










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