Quien mato al monstruo
¿Quién mató al monstruo ?
Algún día quisiera saber, de dónde viene la timidez.
por experiencia descubrí que se sufre y mucho.
Nunca me preocupé por investigarlo principalmente, tras haberlo superado en los momentos que más lo necesitaba.
Tal vez mi aspecto físico no me ayudaba, siempre fui gordito de chico y gordo de grande, no lo se.
Recuerdo ir caminando por la vereda y ver que por la misma, venía una nena de mi edad. Me cruzaba como si fuera un monstruo, hasta que me di cuenta, que el monstruo era yo y, lo tenía dentro.
Nunca supe si sentir vergüenza era un efecto de la timidez, otra cosa o lo mismo. Así fui creciendo,
No me animaba a sacar a bailar a una chica, cuando nuestras miradas se enfrentaban, giraba la cabeza. Pensaba que si me acercaba hasta ella y me rechazaba, sería un golpe doloroso a mi autoestima.
Ya adolecente, iniciarme sexualmente, más que una necesidad, era no ser el único de la barra de amigos todavía virgen.
Habíamos quedado en encontrarnos en la esquina de Boyacá y Nazca, cerca quedaba la casa de quien sería quien me iniciara.
Por teléfono, mi primo Mario me dijo que antes pasara por una farmacia y compre profilácticos , si no lo hacía, ella me rechazaría.
No alcance a pedirle que él lo hiciera por mí, hablaba de un teléfono público y se cortó la comunicación.
El dilema era doble, decir que me olvide, no me lo creerían, o que en la farmacia se habían terminado, tampoco, arriesgarme con la fulana y decirle que no lo traje, tal vez lo aceptaría, pero si no, si salía del cuarto y me preguntaran los muchachos “que paso”?, no sabría qué decirles.
Lo único que me quedaba era ir a la farmacia, rogar que fuese un hombre quien me atendiera y listo, así no sería tan grave.
Entre al negocio, había mucha gente esperando, me llegó el turno, el farmacéutico se va para adentro, sale una señorita joven, me pregunta que necesito. Sentía mi cara ardiendo, me había puesto colorado de vergüenza, titubeando le pedí una caja de curitas. Hacía tiempo para ver si volvía el farmacéutico, pero no. Me da lo pedido y me pregunta: “algo más” ?. No me salían las palabras hasta que me hice de valor y le dije : “ si una tirita de geniol” . Pagué y me fui.
Se me hacía tarde para esperar ver al hombre y me dije: “ma si, voy sin nada”.
Cuando me encontré con los muchachos, lo primero que me pregunta Mario es: “trajistes los condones” ?, me hice el sonso y no le conteste.
Nos fuimos a lo de la tipa, mientras llegábamos solo pensaba como salgo de esto. Entramos a la casa, éramos tres, les dije que voy último. Necesitaba más tiempo para inventar algo.
Cuando llegó mi turno, escucho de adentro del cuarto que dice: “quien sigue que no tengo todo el dia”. Entra gil, me dice Mario todavía acomodándose la ropa, me empuja de la espalda y entró al cuarto.
Ella estaba parada pero desnuda dándome la espalda, sin mirarme dice: “ trajistes un condón, ¿no ?”. Me hice el tonto y comenze a buscarlo en mis bolsillos, “no lo encuentro”, bastante molesta se vuelta y me dice:
“raja pibe, no me hagas perder mi tiempo que está por venir otro.”
Salgo de la habitación, la cara de sorpresa de Mario no necesitaba preguntar nada, “nuuuu ?”, otra vez mi rostro hervía, le digo mientras camino hacia la salida, nada, nada, después te cuento.
Así fue como fracasé en mi primer intento.
Sabía que no me libraría de contarle toda la verdad, él conocía mi timidez y lo entendió.
Trataba de alejarme de las travesuras que hacían mis amigos, tocar el timbre y salir corriendo o en día de lluvia, Abel muy traviezo, se acercaba al cordón de la acera para mojar a los que transitaba por allí. Él lo hacía y se reía solo, yo no podía verlo.
En casa me portaba bien, no tenían problema conmigo, era lo que se dice: muy seriesito.
No negaré que a veces tenía ganas de hacer algo que sabía estaba mal, el solo pensar que podrían agarrarme con las manos en la maza, me detenía.
Cuando me casé, empezaron a llegar mis hijos, el sentido de responsabilidad era más fuerte que la timidez.
En la sociedad con mi madre fabricando vestidos para muñecas, tenía la tarea , entre otras, de entregar los pedidos, hacer las cobranzas, presentar la muestras, etc., Ello, me obligaba a enfrentarme con gente y dialogar sobre lo que la tarea requería. Ya era un logro para mi.
Nunca me gustó el comercio, eso de convencer al cliente a veces diciendo mentiras. No era para mi.
Mi secreto, era la seriedad que transmitía y los clientes confiaban en mí.
Cuando nos fuimos a Bariloche, no me faltaba iniciativa para encarar emprendimientos, mientras hubiera otro que vendiera, estaba todo bien.
Entre las cosas que hice, fue distribuir los productos de una fábrica de pinturas especiales para la madera.
No tenía alternativas pero sí necesidades. Otra vez ellas superaron al monstruo.
En nuestra vuelta a Buenos Aires, debía empezar de nuevo.
Saber de pinturas ya no me servía, vender ropa de cuero y accesorios en Bariloche, no lo hacía yo, salvo que necesitaran de mi ayuda.
Conseguí una representación de cubiertos y accesorios para cocina. Debía recorrer viejos y nuevos clientes. Debía hacerlo bien porque de ello provienen las comisiones que alimentaban a mi familia.
Qué sabía yo de ese rubro, nada. Empezar de nuevo, arremangarse la camisa y darle para adelante.
Deje aquello, poco lucrativo y cambie de productos.
Ahora eran máquinas herramientas, no tenía idea del rubro. Nuevos artículos, otros clientes.
Tome mi auto, cargue las muestras, visite ciudades que no conocía, tampoco tenía idea donde encontrar potenciales interesados.
Algo me empujaba con fuerza y era saber que en casa, me esperaban pichones con el pico abierto, esperando al padre por la comida.
En resumidas cuentas, ¿quién mató al monstruo ?, la necesidad...
No estoy seguro que esté muerto, lo que sí creo es que cuando no hay alternativas, el monstruo se duerme, a veces para siempre.

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