A la Deriva

A la Deriva 



–Acércate un poco más!

–Así, así, bien al lado de él está, muy atado.

–Pasame el cuchillo, será más fácil cortar las cuerdas.

–Esta vivo todavia?- pregunta Juan

Osvaldo pone un dedo sobre la vena del cuello para sentir las pulsaciones.

–A ver, a ver, si, si siento el pulso , lento pero lo siento, -la alegría se vio en su cara.

–Vamos apuremonos!, hay que sacarlo del agua, debe estar hipotérmico, -dice Juan.

Juan desde arriba lo toma entre sus axilas y Osvaldo desde el agua lo empuja hacia arriba.


Ya cerca del barco, alguien asomado en la barandilla grita:

–¿Traen un vivo o un muerto?

–Inconsciente pero vivo, está medio congelado-dice Osvaldo.

–vamos subamos al barco- dice Juan


Lo llevan a la enfermería, le aplican una inyección, lo abrigan con mantas térmicas y lentamente su piel blanca va tomando color rosado. Abre sus ojos , quedan entornados, le acercan agua para que beba de pequeños sorbos.


Al cabo de una hora pregunta:

–¿Dónde estoy?, que hago aquí?,- su voz apenas audible hace que Juan acerque el oído a su boca.

–Estas en el barco de pesca Santa Lucía, hoy fue nuestro más productivo día, te hemos pescado a ti.

–Como te llamas?, ¿qué te pasó?, le pregunta Juan con interés.

–Que dia es hoy?, pregunta el naufrago

–15 de Enero de 2022

–No puede ser, estuve diez días flotando en el mar,-dice angustiado.

–Hace un par de días recibimos un aviso de la guardia costera, ya te estaban buscando.

–Que paso con el arquitecto Farias?,preguntó con preocupación

–¿Cómo te llamas tú ?

–Oscar Gonzales, también soy arquitecto.

–Mira Oscar, no tenemos idea de tu amigo, solo estabas tu flotando amarrado con sogas al mástil de lo que parecía un velero.


Oscar cierra sus ojos y dos lágrimas recorren su mejilla, había tomado conciencia de que su ocasional compañero de viaje, se había ahogado.


–Bueno, bueno, te dejaré descansar, cuando te repongas un poco nos contarás tu historia.

Oscar no respondió, solo volvió a abrir sus ojos diez horas después. Podría haber seguido durmiendo pero Juan entró con una bandeja de alimentos livianos, tantos días sin comer, el cuerpo debe volver a acostumbrarse a ingerir alimentos.


Oscar sintió que había alguien allí y lentamente, con algo de dolor, se sentó en la camilla.

–Buen día náufrago, ¿ya más descansado?

–La verdad que si, no se como les voy a agradecer todo lo que están haciendo por mi.

–No te preocupes, salvar una vida para mi y los tripulantes es algo que no vamos a olvidar.


–Antes que nada, ayer nos comunicamos con la guardia costera y les informamos de la novedad, imagino que a esta hora tu familia estará festejando.

–Gracias ,gracias, no quiero pensar en la angustia que pasaron.

–Bueno, come despacio esto y después vemos cómo está el resto del cuerpo, debes volver a caminar lo antes posible, tus músculos bajo el agua tantos días y con tanto frío, necesitan sentir otra vez como circula la sangre por tus extremidades.-Oscar asintió con la cabeza y empezó a comer.

–Vuelvo en un rato

–De acuerdo, gracias otra vez, Juan se va sobre sus pasos, cierra la puerta y Oscar volvió a quedarse solo con sus recuerdos cercanos y lejanos.


Al cabo de una hora, vuelve Juan, esta vez acompañado de Osvaldo.

La sorpresa fue grande cuando vieron al náufrago Oscar, parado al lado de la camilla, sosteniéndose con sus manos.

–Epa, epa amigo!, esta muy apurado por irse, si no quiere nadar va a tener que esperar un dia mas que lleguemos a puerto, -los tres lanzaron una carcajada.


Entre Osvaldo y Juan, uno de cada lado, cruzaron los brazos de Oscar alrededor de sus cuellos.

–Buenos vamos muchacho, vas a sentir tus piernas como flan,pero poco a poco volverán a sostenerte.- le dice Juan.


Era un día hermoso, sin viento y el mar planchado, empezaron a dar vueltas por la cubierta y lentamente fue recuperando sus fuerzas y su confianza.

–Podemos sentarnos, estoy un poco cansado, les dice Oscar.

–Por supuesto que si, lo necesitas, lo que hiciste hasta ahora es más de lo que creí que podías hacer.


Se sentaron en unos sillones de lona plegable muy cómodos, acercaron una mesita redonda. 

Osvaldo y Juan bebieron una cerveza y Oscar un agua mineral.

–Bueno, cuentanos tu historia desde el principio, lo que nos sobra es tiempo, -dice Juan.


Me recibí de arquitecto recientemente, buscando empleo concerté una cita con el arquitecto Farias. El también era recién recibido y su padre adinerado, le regaló el estudio y el barco.


Yo había trabajado los dos últimos años de mi carrera en un estudio de arquitectura importante, se puede decir que fui sumando algo de experiencia. El no tuvo esa suerte o no la busco.


Farias no quería contratar a un arquitecto con mucho conocimiento ya que no se sentiría cómodo con su rol de novato ante un empleado experto.


Empezamos a hablar de nuestros objetivos, el mio estaba claro, la arquitectura fue mi vocación desde siempre y confiaba que me servirá como medio de vida. Sabía que empezar no sería fácil, pero nunca me asustaron los desafíos.


Al escucharme atentamente, Farias sabía que había dado en el clavo. Los objetivos de él eran mucho más ambiciosos, liberarse de la tutela de su padre era el primero, demostrar que era capaz de triunfar por sus propios medios, era otro.


–Disculpa la pregunta pero necesito saber mas de ti, que hay de tu vida privada?,estás casado?, tienes hijos?, cuentame Oscar?

–Mira vengo de una familia de clase media, mi padre tiene un negocio de materiales para la construcción, no es grande pero nos alcanza,- hablaba con seguridad pero también con orgullo.

–Como no tengo hermanos no les fue pesado costear mi carrera, y aquí estoy.


–Te diré algo, me caiste bien y creo que podemos hacer grandes cosas juntos,- la cara de Oscar se iluminó de alegría, rápidamente se pusieron de acuerdo con los honorarios iniciales. Era viernes y el lunes comenzaría a trabajar.

–Te gusta navegar?, pregunta  Farias, Oscar no se lo esperaba y le dice:

–Mira no soy marinero, tampoco tengo experiencia pero aprendo rápido, a donde va tu pregunta?

–El pronóstico es bueno y me gustaría salir a navegar el domingo, te aclaro, acabo de terminar y aprobar el curso de navegante y cuento con la licencia que me habilita. La idea no es alejarnos demasiado de la costa.

–¿Qué te parece mi propuesta?, Oscar con un poco de duda y más pensando en empezar su relación con el pie derecho le dice:

–Genia!,es una experiencia que siempre tuve en mente, no voy a dejar pasar esta oportunidad,-combinaron el horario del encuentro y se despidieron.


Era verano y amanecía temprano, a las 7 en punto estaban listos para soltar amarras y salir.


Por la tarjeta que Farias le dio, sabía que se llamaba de nombre Ernesto, de aquí en más lo llamaría por su nombre.

–Recuerdas Ernesto que te comente que no tengo experiencia y aprendo rápido, le dice ansioso.

–Si, si lo recuerdo, quiero salir del embarcadero y ya empezamos a hablar de cómo se maneja esta cosa., Oscar asintió y esperó paciente ya que no quería volver a decírselo para no ser pesado.


La costa todavía se veía pero lejana, Ernesto tal lo prometido empezó a nombrarme todas las partes de la embarcación, era un velero mediano, muy bien conservado o era nuevo. Tenía un camarote con una cama de una plaza, de abajo se sacaba otra, un pequeño baño con ducha y una kitchenette en el rincón.

Cuatro ojos de buey de cada lado que casi llegaban a la línea de flotación. Abajo y arriba había un timon conectado entre si. Si el tiempo lo permitía se estaba en cubierta, caso contrario se piloteaba abajo. Todo tipo de indicadores que me fue nombrando y explicando cómo se leen. Realmente, parecia que a la embarcación no le faltaba nada, eso me hacía sentir más seguro.


Estábamos ambos en la cubierta, Alfredo conducía el timón con una mano y con la otra bebía una fresca cerveza. Yo sentado en el borde, sujetándome con un brazo a un cable de acero y con el otro disfrutando mi cerveza, picando unos maníes para acompañarla.


Hablábamos de bueyes perdidos, contaba que en la próxima salida nos acompañarán dos amigas muy dispuestas. Me sonreí y no dije nada. Alfredo dejó su rol de jefe para convertirse en mi amigo, situación que no me molestaba, al contrario.


No parecía tener muchos amigos a pesar de su situación económica, tampoco le iba a preguntar.

Trate de llevar la conversación por carriles amables, nada que confrontar.


A la hora de almorzar, viendo que el mar estaba en  calma, trabó el timón y me invitó a que bajáramos para preparar algo de comer.


–¿Sabes cocinar?, -me pregunta con curiosidad.

–Solo platos simples.

–A qué le llamas platos simples?

–Mira yo no tengo idea, el personal de servicio tenía hasta cocinera nunca tuve la oportunidad, lo dijo sin avergonzarse.


–Veamos tus aptitudes, en la heladera y la despensa de arriba, fijate lo que puedes hacer. Mientras preparas algo me tumbaré en la litera porque el madrugón de hoy, por falta de costumbre, me pide dormir un rato. Cuando esté lista la comida puedes despertarme.

Como no tenía otra alternativa y también quería comer, empecé a revisar que podía preparar rapidito.

Había milanesas listas para freír, papas fritas que solo tenía que calentar, un par de huevos fritos y listo el pollo.

Todo se fríe en un horno cerrado para evitar malos olores.


Pierdo el equilibrio y me caigo al suelo, Alfredo se despierta alterado, ambos vemos como el barco es arrastrado de costado.

Alfredo me grita:

--Vamos a la cubierta!, hay que bajar las velas

–Vamos te sigo

Cuando subimos quedamos espantados, una ola enorme como de veinte metros, nos arrastró de costado porque esa era la posición del barco, si la hubiésemos visto venir, hay que girar el barco y enfrentarla, no fue el caso, nos sorprendió con la mala suerte que nos envolvió en el rulo de ruptura.


Lo próximo que recuerdo es estar flotando sobre una puerta de madera rodeado de restos del barco. Este se había hecho pedazos.

Empecé a mirar más detenidamente para ver si veía a Alfredo, no tuve suerte.


Mi instinto de supervivencia me decía que debería buscar algo útil, no sabía que lo sería. La puerta que por ahora me sostenía no era segura, un oleaje más fuerte me lanzaría al mar, el agua estaba helada.


A veinte metros vi el mástil flotando, me puse de rodilla y comencé a remar hacia él. La vela era solo girones, había muchas cuerdas todavía amarradas. La forma del mástil no me ayudaba para mantenerme sobre el, lo que si estaba seguro que nunca se hundiría.


Encontré flotando muy cerca la pistola de bengalas, la tome porque si avistaba a algún barco, podrían verme y socorrerme.


Vi una caja de telgopor aún flotando, me acerqué, y la tome y cuando vi su contenido, era como el tesoro del pirata. Latas de conserva que me mantendrán vivo algunos días si las racionaba.


En el horizonte no se divisaba nada, el viento empezó a soplar más fuerte y el mar se encrespó. El cielo se había encapotado, la tormenta que se avecinaba no parecía pasajera.

Sentado sobre el mástil no duraría mucho tiempo, decidí atarme a él con las sogas que había encontrado. Me sujete lo mejor que pude.


Quede mirando al cielo, solo se veian nubarrones muy negros cargados de agua que se precipitaron sobre mi.

A pesar del fuerte oleaje, mis ataduras aguantaron. Imagino que había pasado una hora cuando la tormenta comenzó a amainar. El mar y el viento se calmaron, ahora el cielo se cubrió de estrellas, no había luna por lo que estas brillaban más.


Seguía atado porque si llegara a dormirme, solo me desperteria en el fondo del mar o devorado por algún tiburón.


Estaba agotado, el frío de la noche mas mi mojadura solo hacía que no dejara de temblar.


El sol de la mañana me encandilaba, sentir su calor sobre mi cuerpo mojado, era como una suave caricia.


Tenía hambre, abrí una latita de atún, ,me la comí, lo que no había en ese cofre era agua, eso sería un gran problema.

No se me había ocurrido ver la forma de acumular un poco de agua de lluvia, mis labios comenzaron a sentir el salitre de las brisas del mar, el sol y el no haber bebido desde que ocurrió la tragedia, hicieron una combinación desesperante.


Me desate y volví a sentarme sobre el mástil, si no quería rodar sobre él, debía sentarme a caballito con mis pies dentro del agua.

El sol que fue mi amigo al principio, se convirtió en un enemigo feroz, mi piel no tardó en enrojecer y su ardor hizo que me tirara al agua. Así fue pasando el día, entraba y salía del agua pensando siempre que en algún momento no saldría más, devorado por un tiburón que los veía rondar.


Hacía dos días que me había quedado sin provisiones, ahora restaba esperar que alguien me viera y me ayudara. Mi ánimo no era el mejor, que me sentía muy débil, pero aún conservaba esperanzas de que me rescatasen


Había perdido las pocas fuerzas que me quedaban y no pude desatarme de día. Quedé a merced del sol hasta que llegaron ustedes.


–Guauuu, que historia muchacho, que afortunado que fuiste, creo que un dia mas y solo encontraríamos tu cadáver.


Al otro día llegamos al puerto, no solo mi familia me esperaba, una nube de periodistas dispuestos a acecharme , solo prometí una conferencia de prensa en la puerta de mi casa.


Fue noticia por algunos días, todo finalizó cuando me encontraba sentado en la recepción de una famosa editorial, que me había comprado los derechos exclusivos para publicar el libro que cuyo título seria:  “A la Deriva”.



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