Mis Amigos Mi Barrio

 

Mis amigos mi barrio


Méndez de Andes 32 entre las calles Eduardo Acevedo y Otamendi.

En esa cuadra vivían mis amigos, Abel Cavagnaro (Moni) Horacio Dentone ( Chachi), Eduardo Yanez. Hubo otros que no menciono porque fueron amigos ocasionales.


A Moni, lo llamábamos así, porque su abuela (Ita) que vivía al lado de su casa, de chico le decía Monito y le quedó. 


Sentado en el ancho umbral de mármol blanco en Mendez de Andes 32, no tenía más de 6 años, jugaba con las ramitas que caen del árbol mientras miraba lo poco que por allí pasaba. La calle de empedrado, provocaba un ruido ensordecedor cuando transitaba un carro a caballo.

Todos los días pasaban por allí: el vendedor de leche Santa Brigida, La figura del conductor quedó estampada en mi mente, no se si el toscano Avanti que colgaba de su boca, estaba encendido. El caballo lo llamaba “Siempre”, lo supe porque le daba órdenes llamándolo por su nombre. Paraba frente a mi casa,  era la leche que comprabamos, Hacia dos recorridos, el primero muy temprano no lo veía, A veces, escuchaba abrir la puerta de calle, tenía una llave, Mi mama o papa, dejaban al final del pasillo, dos botellas con el dinero justo.Me encantaba, destapar la tapita de cartón y lengüetear la crema que se juntaba. Nunca olvidaré el sabor de esa leche.


Recuerdo el sulky que le traía leche suelta a mi vecino Andres. Grandes envases de aluminio, destapaba uno y lo volcaba a otro más pequeño que tenía distintas medidas. Mi mamá decía que esa leche era más barata, pero no era pasteurizada, ella sabrá.


Salvador, era el verdulero que venía con su carro abarrotado de todo tipo de verduras y frutas. La mamá de Moni era cliente , solo escribía el importe en una libreta y a fin de mes cuando su esposo militar recibía el sueldo, cancelaba las deudas. En su lista de proveedores estaba Mingo con su almacén, Leopoldo el carnicero, todos a no más de una cuadra de distancia.

Mi mamá no les compraba a ninguno de ellos porque decía que era mas caro. 


Cuando necesitaba algo se iba temprano a la mañana a la feria que se instalaba a 4 o 5 cuadras de allí. Un changuito era su inseparable ayudante. Algunas veces la acompañaba yo.


Ocasionalmente venía caminando por la vereda una persona que casi no le veía el cuerpo de tanto que cargaba encima, era el hojalatero, se promocionaba gritando: “tachos para lavar la ropa, baldes, ollas!”….


Una vez al mes alguien tocaba una armónica, no era música solo un sonido tan característico,  todos sabían que era el afilador. Su bicicleta la utilizaba como taller de trabajo, tenía adheridos accesorios que le servían como  herramientas . Se encargaba de afilar cuchillos, tijeras, cortaplumas y todo tipo de instrumentos para uso diario.


Generalmente los viernes, era el día que los que tenían seres queridos fallecidos, concurrían a  los cementerios y les llevaban flores. 

Un florista que en su recorrido pasaba por mi casa, cargaba un gran canasto de mimbre, diciendo:  “flores, flores, calas, gladiolos,flores,flores”


En verano nos se

ntabamos en el umbral de mi casa, esperando que llegara un personaje que nos hacía saltar como un cohete. Venía con su triciclo blanco con la inscripción “Helado Laponia” , gritando: “helado Laponia, se lava la roña con agua colonia!”, en un instante estábamos en  casa para pedirles  dinero y comprar el esperado helado. ¡Cómo me voy a olvidar de eso!.


Moni era hijo único de una familia de clase media alta, en su hogar no faltaban juguetes.

Era un chalet que tenía un jardín sobreelevado respecto a la vereda. Una larga pared de 50 cm de ancho por un metro de alto, servía de parapeto y también de campo de batalla. El hijo de un militar, como no iba a tener un ejército de soldaditos de plomo. Grandes batallas protagonizamos allí.


Navidad, año nuevo y Reyes, aumentaba su arsenal de juguetes.

En mi casa, la situación era distinta, en el presupuesto familiar, no quedaba un saldo para gastar en juguetes.

Nunca me queje de eso y no recuerdo echarle en cara a mi madre porque él sí tenía de todo y yo no. Lo cierto es que no necesitaba nada, mi hermandad con Moni era tal, que disfrutaba su abundancia junto a él.


Un dia de Reyes, me regalaron una bicicleta Mi sorpresa fue tal que lo primero que hice fue mostrarsela a Moni.

Me sentía muy orgulloso con mi presente y quería demostrarle que mis padres también me regalaban juguetes costosos.


Salí de casa, en la vereda de enfrente vi pasar un alfetta, era un copia en escala de un bólido de fórmula uno, lo conducía alguien con casco y antiparras, parecía Juan Manuel Fangio en miniatura, pero no lo era. Aquel chico corriendo de un lado a otro con su auto de carreras era mi amigo Moni, solo atine a cruzar la calle y acompañarlo en su andar con mi bici. Cuando llegó a su casa, se bajó sonriente y me dijo:

–¡Qué linda bici gordo!, -así me llamaban todos mis amigos, no dijo una palabra de su alfetta.

–¿Quieres dar una vuelta?- pregunto. Me subí como pude  y empecé a pedalear despacio al principio. De lejos me gritó: –me prestas tu bici?-levanté  mi brazo y entendió que sí.


Esa fue una prueba de la calidad de la amistad que fuimos forjando.

Cada vez que a su padre lo destinaban a cumplir servicio en otra ciudad, nos distanciamos por largo tiempo, no era fácil para mi, y supongo que para él tampoco.

Yo volvía a sentarme en el umbral de mi casa, esperando que otro chico lo reemplazará, no era lo mismo.


Las batallas que reproducimos en la parecita de su casa, se hicieron reales. Ya no eran soldaditos de plomo, su papá estaba inmerso en ellas. Era la epoca del derrocamiento de Peron.


En el living de su casa, su madre muy preocupada escuchaba las noticias de la radio y casi no se movía de allí.


Al lado  vivían los abuelos, los padres de la madre. Le decían Tato al Abuelo e Ita a la abuela sobre todo ella, era muy cariñosa conmigo, su cara siempre sonriente, parecía una muy buena persona.

La casa era un petit hotel de tres pisos. En la primera planta habia una oficina, se dedicaban a la venta de pollos y huevos al por mayor.


En aquellos tiempos de casa bajas, el petit hotel de tres pisos de los abuelos sobresalia del resto. Cuando empezaron los enfrentamientos bélicos, fuimos a la terraza, se podía ver desde allí los aviones bajando en picada y bombardearon la plaza de Mayo. Para nosotros fue divertido, aunque no lo era.

Al padre no le pasó nada, solo fue despedido por estar en el bando equivocado. Después de un tiempo, lo reincorporaron.

La familia del papá de Moni era grande, a menudo se visitaban, Marcelito no podía faltar porque Moni así lo quería.

Él tenía un año más que yo, no fuimos al mismo colegio hasta el secundario.


Mendez de Andes, es una calle paralela a la Av. Diaz Velez, por alli derecho se podía empalmar con la avenida Corrientes y llegar al puerto pasando por el Centro de la ciudad.

Cuando se puso de moda hacer cinturones enlazando el papel del paquete , nos fuimos con Moni caminando hasta el puerto,  juntando los paquetes del suelo.


Jugar a las figuritas y a las bolitas, era uno de los pasatiempos favoritos, el cuadrado de tierra que contiene a los árboles, era el lugar escogido para hacerlas rodar. Moni muy habilidoso, ganaba a menudo y las ponia en un frasco de vidrio, los troncos como yo, las compramos en los kioskos. Lo mismo pasaba con las figuritas, algunos las pegaban en un álbum y negociaban con otros para obtener las más difíciles.


Los padres de Moni le enseñaban a jugar a las cartas, juegos de salón ,y él a mi. Nos apasionaba seguir por la radio el gran premio de turismo de carretera, hacíamos planillas y anotamos los tiempos de los corredores.


Siempre teníamos algo para hacer, el aburrimiento no estaba en nuestro vocabulario, en su casa había de todo.


Nos gustaba la pesca, el lugar más cercano era la costanera del Río de la Plata. Con Chachi, Moni y yo, decidimos ir en bicicleta. Los tres ya podíamos usar una de rodado 28 pero yo, solo tenía una de 24 de mi hermano, resultado de esto, mayor esfuerzo para alcanzarlos y no perderlos de vista.

En la costanera, dejábamos las bicicletas sobre la poca arena que había en la marea baja, nos descalzamos y, caminando dentro del agua llegamos hasta el muelle de pesca del club de pescadores.

Arriba de las vigas y columnas que lo sostenían, poniamos los zapatos y pescabamos.

Con una boya y un anzuelo pequeño, bagres y patíes de 15 cm era lo más grande que podíamos sacar.

Un mal movimiento hizo que uno de mis zapatos cayera al agua, en ese lugar la profundidad llegaba a 2 mts, me quite la ropa y me zambullí. El agua oscura del Río de la Plata, no me permitía ver nada, solo mis manos trataban de encontrar el zapato. Todo fue en vano, volver a casa con un zapato y esperar lo peor, era inevitable.

De camino a casa, pase por la casa de mi Bobe Elena, solo ella tenía la paciencia para comer y quitar las espinas de ese “manjar”.


Con 12 años recién cumplidos, estando de vacaciones escolares, la promesa de Moni estaba por cumplirse.

Vivía en Zapala, Pcia del Neuquén, ya hacía dos o tres años que su padre con el grado de mayor, fue destinado al cuartel de allí.

En sus cartas, Moni me contaba lo bien que lo pasaba y me invitaba para que fuera a visitarlo en las vacaciones de verano..

El viaje en tren era costoso para mi familia. La abuela Ita, se había enterado y ofreció de buen grado, pagar el pasaje. Ella no tenía  problemas de dinero. Era tal mi ilusión, que en casa aceptaron.

El tren zapalero salía de Constitución, mi mama y la abuela me acompañaron a la estación y parti. Era un viaje de 24 hs., llevaba mi vianda de pollo y una caja de chocolate en rama de Bonafide.

El viajar solo, llamaba la atención de los que compartían el mismo vagón. Mirar por la ventanilla mientras me comía el chocolate, era mi pasatiempo favorito. 

Era diciembre y hacía mucho calor, a la hora de la cena, busque mi vianda para atracarme el pollo, mi sorpresa fue grande cuando al abrir la bolsa de nylon donde estaba guardado, salió un olor a podrido y de ahi directo a la basura.

El día fue largo y la ansiedad mucha. Llegaría a Zapala a media noche.

Cuando estábamos arribando, saqué mi cabeza por la ventanilla tratando de ver si encontraba a Moni o alguien de su familia, nada de eso. Como un pequeño fantasma recorría el tren de un lado a otro buscando, De Pronto me vio, ahí entendí porque la abuela pensó en un monito. Saltaba sin parar hasta que el tren se detuvo

Las pocas luces de alumbrado y la noche sin luna no me permitió ver nada hasta el otro día.

La vuelta también en tren fue con la mama y Moni en un camarote, otra novedad para mi. La estoy viendo a la madre poniendo toallas húmedas en la unión de las ventanas, quería evitar la tierra que entraba por allí.

También quedó en mi memoria, una inscripción que alguien se tomó el trabajo de escribir debajo de un cartel que decía: “Está terminantemente prohibido utilizar el baño cuando el tren esté parado en la estación”.Y decía: “me llama la atención este tema tan estrafalario pero la empresa debe saber, que el culo no tiene  horario”. He relatado esto innumerables veces hasta hoy.

Las muchas e increíbles experiencias que viví en ese viaje, merecen un capítulo aparte.


Frente a la Av. Diaz Velez, está el parque Centenario. Ir allí era muy divertido. Hamacas, sube y baja, toboganes…, la calesita era una parada obligatoria. Las varillas bronceadas que hacen de columnas, servían para que crucemos una pierna y sostenernos con los brazos libres Obtener la sortija que el calesitero había enganchado en una especie de pera de madera que movía de lado a lado para que sea difícil agarrarla, era el objetivo. El que lo lograba, porque el calesitero así  lo quiso, se ganaba una vuelta gratis. Todo un desafío.


El parque es una gran circunferencia con plazoletas anchas como rayos de Sol. En ellas, se jugaba al fútbol, solo había que cuidarse los 

días de semana, porque las escuelas de conductores usaban las calles para enseñar.


Uno de los edificios que rodeaban al parque es el Instituto Pasteur, los que fueron mordidos por animales, debían ir allí para tratarse. También era el sitio de la perrera, periódicamente recorren zonas de la ciudad camiones con personal especializado que enlazaba a los animales sueltos. Los ponían en jaulas un tiempo para ver si aparecía su dueño , caso contrario, los sacrificaban.

Escuchar el ladrido desesperado de esos animales, no es un recuerdo grato para mi.


Otros edificios importantes eran el hospital de Oncología, el hospital Naval y cerca el hospital Durand. Me quedé con ganas de visitar el centro Astronómico con su techo abovedado por donde aparecía el telescopio. El Museo de Ciencias Naturales, era un atractivo que cada tanto visitábamos. Los meteoritos en la entrada, los esqueletos de dinosaurios y otras especies, me dejaban con la boca abierta.


El  primario lo cursé en el barrio de La Paternal, en el colegio que está en la calle Alejandro M. Cervantes y Donato Alvares. Recuerdo como si mirara una foto al maestro de quinto grado. El viejito Cutinela aparecía, los chicos corrían a saludarlo, él los besaba como un buen abuelo. La López era la novia de todos, morocha de cabello largo con una colita, labios rojos, maquillaje en su cara y perfumada. Pensar que solo venía al colegio.

Aunque no lo crean, de chico tenía en el jopo un claro de luna.

La maestra bajita de tercero me lo quería cortar para ponérselo ella.

En sexto grado, había un compañero repitente llamado Luna. Por ser mayor y corpulento aceptamos sus bravuconadas.

Una vez empezó a cargarme con mi gordura, todos esperaban mi reacción. Yo no era violento pero insistió hasta que no aguante mas. No quería pelearme en el colegio ni cerca y le dije:

–¿Quieres pelear?

–si porque, crees que tengo miedo?-me dijo acercándose amenazadoramente.

–Aquí no, te espero en la Fontanares a las tres- le dije muy seguro.

A la hora indicada, estuve allí, él también.

No podían faltar algunos compañeros que esperaban ver la paliza que le daba al bravucón de la clase que no lo quería nadie.

Se me fue encima para tirarme al suelo, yo tenía mi porte, no le sería fácil, solo atine a agarrarlo con mi brazo del cuello, enlace mis manos y apretando fuerte lo inmovilice. Lo tuve así un rato y recién lo solté cuando me dijo:

–me rindo!- agitado y resoplando por falta de aire, con la cara roja como un tomate se dio media vuelta y acomodándose la ropa se fue sin decir una sola palabra.

Hasta el día de hoy, nunca volví a pelearme con nadie.

Mis compañeros me palmeaban diciendo: 

–bien Marcelo se lo tenía merecido- eufóricos

Esa pelea tuvo consecuencias, cuando llegué a mi casa me di cuenta que ya no tenía la cadenita de oro que me había regalado mi Bobe.

Volví sobre mis pasos mirando el piso, estuve en el lugar del encuentro y nada. 

No recuerdo qué pasó cuando mi mamá se enteró.

A una cuadra de la escuela en la calle Camarones 1575 estaba el negocio de mis padres. Los chicos con los que jugaba, vivían en esa calle. Con quien más me daba y compartía era con Pepe Torchinsky.

Con él, aprendí a hacer barriletes con cañas de maíz. En una ciudad, conseguir eso no era fácil, el único lugar que sabíamos que había era en un convento de monjas frente a la fábrica de cigarrillos Fontanares. Cinco o seis cuadras caminando, estábamos allí. No se trataba de tocar el timbre y pedirle a una monja que se molestara en conseguirnos una. Pepe era delgado, muy fuerte, el recinto estaba rodeado por una pared de cemento salpicado gris de 3 metros de alto , en su borde, habían colocado botellas de vidrio rotas para impedir el acceso. Ya no se como lo hacía, el asunto es que nos volvíamos con las cañas que necesitábamos.


Compramos en la librería papel para barrilete, hilo chanchero y a fabricar nuestro barrilete pegando el papel con engrudo que era una mezcla de harina y agua. El media bomba, media estrella, era el formato más popular. En la parte de abajo, es decir en la bomba, ponemos tiras de flecos . Trapos viejos anudados formaban la cola del barrilete que servía para estabilizar. Una vez terminado subíamos a la terraza de su casa y de allí al tanque de agua. No era fácil remontar el barrilete por la cantidad de cables que cruzaban las calles. Había que ser muy hábil para subirlo y bajarlo sin que caiga en un árbol, cable o casa de un vecino, si eso pasaba, hacer otro era la solución.


En la mimbrería del barrio, conseguimos varillas largas, con ellas hacíamos arcos y flechas, envolviamos las puntas con cable de plomo para que su peso permitiera una buena dirección.


Enfrente había un terreno baldío, allí preparamos las defensas para combatir contra una barra que nos declaro la guerra.

Nos defendiamos con arcos, flechas y cascotes.

¿Qué sucedió?, tal vez alguna persona al ver lo que pasaba decidió intervenir amenazandonos con llamar a la policía o decidimos utilizar la diplomacia y salir corriendo, quien sabe…


San Pablo y San Pedro, es una conmemoración religiosa de la fe cristiana, es tradicional hacer una fogata en forma cónica y quemar un muñeco que se colocaba en la punta. El verdadero placer en el que participaban muchos chicos, era recorrer los alrededores para buscar cualquier cosa abandonada que fuese de madera. Ramas de árbol caídas por la naturaleza o por nuestra intervención, sillas, palos, tablones, algunas de las obras que tomábamos sin permiso los domingos. Se trataba de ubicar la hoguera lejos de cables. Se encendía a la tardecita, el fuego era bastante grande, haciendo temblar las hojas de los árboles . Cuando todo se convirtió en brasas y cenizas, poniamos cebollas y papas que saboreamos como si fuera el gran manjar. 


Una vez, al otro día, cuando todavía nadie había limpiado las cenizas, por curioso me acerqué y le pegue una patada a lo que parecía un carbón apagado, no lo era, una brasa se metió entre mi zapato y el pie, el dolor y mis gritos llamó la atención de todos los que estaban cerca. Resumiendo: me quedó una marca de la quemadura que después de 65 años aun se me nota.


Si a lo largo de mis 75 años, tuviera que elegir un periodo en el que me considere más feliz, mis infancia, estaría ubicada en un lugar privilegiado.

La balanza de la vida en donde uno suele poner los momentos felices y los infelices, esta tuvo tanto peso que no creo que me puedan suceder cosas que cambien mi historia.

Me siento muy agradecido por eso.



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