El fin de todo


 El fin de todo

Haciendo mi caminata matutina por la playa. Verano o invierno me

descalzó y dejo que mis pies reciban la suave caricia que produce la el

fin de cada ola sobre la orilla.

Llego hasta un viejo muelle de madera, que alguna vez sirvió como

atraque o salida de botes o pequeñas embarcaciones.

Ahora, el inexorable paso del tiempo y, tantas tormentas que soporto,

dejaron su huella.

Caminando con cuidado, llego hasta lo que quedaba del final. Me siento

mirando el mar.

En los días de luna llena, me deleito mirando cómo se iba ocultando en

el horizonte.

Allí sentado, cierro los ojos y comenzo a meditar, sabía como hacerlo y

me hacía muy bien.

Era un momento conmigo mismo y, trataba de no dejar que mi mente

me distrajera con recuerdos del pasado o planes del futuro.

El yo y ahora era mi objetivo.

Pasaron algunos minutos, el sonido de la olas rompiendo y algunos

pájaros rondando con sus trinos, más la brisa del mar con su perfume

tan característico, es mi mundo.

Al cabo de un rato, mis ojos continuaban cerrados pero, a través de mis

párpados empecé a percibir una suave luz rosada.

Los pájaros ya no se oían, el rosado crecía en intensidad, la brisa fresca

del atardecer, comenzaba a tomar temperatura.

Tales cambios me alertaron. Abrí los ojos y vi el mar, del azul pasó al

rosa y del rosa al magenta.

Miré hacia el cielo cuando una enorme bola de fuego brillante me

encegueció.


Aquello que no atine a definir, se acercaba hacia mi velozmente.

aterrorizado me pare. Su potente luz lastimaba mis ojos, gire

repentinamente para huir, cuando escucho a mis espaldas un ruido

ensordecedor, como una roca que cae al agua pero, mil veces más

fuerte.

Comencé a correr para alejarme y, un rugido espantoso, dejó caer sobre

mí, una montaña de agua.

Comencé a dar vueltas violentas y, el poco aire que me quedaba en los

pulmones y mi estado aún consciente, me sirvió para darme cuenta, que

el magenta que me envolvió, era mi propia sangre.

En un último suspiro, abrí los ojos con espanto, ya no había rastros del

mar ni de la arena, solo la paz de mi dormitorio y mi mente que repetía

una y otra vez: todavia no, todavia no ....

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